LA DESOBEDIENCIA  COMO NECESIDAD

 

“Somos exhortados a ser normales obedeciendo a las leyes, honrando al padre y a la madre, vistiéndonos como requiere nuestra condición social, teniendo las distracciones y las costumbres de nuestro propio ambiente, comportándonos de modo tranquilo y sensato, así sucesivamente. La normalidad viene prescrita como una serie variable (según las clases) de códigos de comportamiento; si ésta es violada intervienen la represión judicial y la psiquiátrica, en particular si el sujeto pertenece a clases sociales subordinadas”

                                                                                                                                                                                 Giovanni Jervis[1]

 

  1. PRESENTACION
  2. LA TRAMPA DE LAS DEFINICIONES FORMALES
  3. LA PRAXIS COMO ALTERNATIVA
  4. EL DOGMATISMO DE LAS “IZQUIERDAS”
  5. LA ASTUCIA DEL IMPERIALISMO
  6. NECESIDAD Y DESOBEDIENCIA LATENTE
  7. COBARDIA Y MASOQUISMO: LA DEMOCRACIA
  8. ACTIVAR LAS “RESERVAS DE REACCIÓN”
  9. CONSTANTES, CAMBIOS Y TEORÍA
  10. ANTROPOLOGIA, IMPERIALISMO Y OBEDIENCIA
  11. LA TORTURA COMO PARADIGMA DEL ORDEN
  12. FETICHISMO, REBELIÓN Y AUTOORGANIZACIÓN
  13. LAS NECESARIAS DESOBEDIENCIAS PRECAPITALISTAS
  14. LA COMPLEJIDAD/SIMPLICIDAD Y LA TEORÍA
  15. DE LA DESOBEDIENCIA A LA REBELIÓN
  16. BIBLIOGRAFIA

 

 

0.- PRESENTACION:

 

El Diario digital Insurgente ha pedido a varias personas que expongamos nuestras ideas acerca del derecho a la desobediencia. Pienso yo que la verdadera cuestión no es la del simple derecho sino la de la necesidad de la desobediencia. Me explico. Sí pienso que existe el derecho a la rebelión y a la insurgencia, el derecho extremo al recurso a la violencia defensiva ante la opresión y la explotación, ante la injusticia que no decrece sino que aumenta. Pero pienso que antes de este derecho humano elemental existe la necesidad de la desobediencia al poder establecido, la desobediencia a la ley injusta,  a las órdenes que refuerzan la dominación en cualquiera de sus formas. Más aún, como luego explicaré, defiendo que puede llegar el momento en el que el derecho a la rebelión puede transmutarse en necesidad de la rebelión, y que incluso en muchos momentos de la historia humana las masas explotadas han comprendido que era llegado el instante del salto cualitativo del simple “derecho” que se ejerce si se quiere o no, a la “necesidad” conscientemente asumida de ejercer la autodefensa colectiva y/o individual frente a la violencia opresora estructural, fundante y previa ejercida contra una persona o contra un colectivo.

 

El texto que se presenta tiene tres grandes partes divididas en los apartados enunciados. La primera parte expone muy brevemente algunas de las cuestiones de fondo estudiadas por las varias corrientes que pueden incluirse en eso que de forma genérica y laxa se define como “freudo-marxismo” o “izquierda psicoanalítica”, etc., con sus conexiones más o menos tensas con la psiquiatría crítica y la psicología social y materialista. En la segunda parte se pasa a aplicar algunas de las consideraciones anteriores a las formas de acción de la industria político-mediática de la manipulación de la estructura psíquica de masas, con especial atención a las interacciones entre el consumismo y la tendencia ascendente al neofascismo, al autoritarismo y a la política punitaria del capitalismo actual.  En la tercera y última parte, ya sin citas ni bibliografía, se hace un rápido análisis de las relaciones de la desobediencia con la dialéctica del contrapoder, del doble-poder y del poder revolucionario, tanto en las luchas individuales y falsamente “privadas” como en las grandes confrontaciones sociales.

 

Hay que advertí a la lectora y al lector que muchas afirmaciones se dan por sentadas porque ya están expuestas más en detalle en muchos textos anteriores, que no vamos a citar aquí y que se pueden encontrar en Internet

 

1.-  LA TRAMPA DE LAS DEFINICIONES FORMALES

 

Sabemos que, por definición y valga la redundancia, toda definición encasilla, reduce e inmoviliza procesos en movimiento, interrelacionados y contradictorios, y más todavía cuando tratamos de cuestiones esencialmente humanas como la desobediencia y la rebelión. Además, dada la complejidad de las interacciones permanentes que se producen entre todos los componentes de la realidad y especialmente en la problemática de la vivencia subjetiva de los límites racionalmente tolerables de la explotación y opresión que se sufre, resulta problemático llegar a discernir con detalle donde acaba el derecho y donde empieza la necesidad de la violencia defensiva. Como ejemplo de lo dicho veamos un poco las definiciones formales de “obediencia”, “derecho” y “necesidad” ya que en cuanto realizadas desde la lógica formal  tienden a beneficiar al poder establecido.

 

Siempre es más fácil dejarse llevar por tópicos simplones y que no exigen reflexión crítica alguna, que plantearse en todo momento una duda sistemática que nos obliga a un cuestionamiento radical de la realidad en la que creemos vivir cómodamente. Como veremos dentro de poco, las dificultades que ha tenido y tiene el movimiento revolucionario para enfrentarse con eficacia a la doble trampa de la obediencia normalizada y del pensamiento amaestrado, radican en buena medida en su incapacidad para independizarse del agujero negro de las definiciones formalistas, tan cómodas, fáciles de explicar y que anclan en la credulidad social.

 

Hemos escogido la Enciclopedia Salvat-El País porque nos sirve para mostrar todas las limitaciones de la ideología burguesa al respecto en su forma más demagógica, la propagada por una empresa transnacional dedicada a la industria de la manipulación político-mediática, empresa esencialmente unida a la socialdemocracia europea y al PSOE en el gobierno del Estado español. Si leemos las definiciones de obediencia, obedecer, obediente, etc., que ofrece la enciclopedia Salvat-El País, vemos: “Cumplir la voluntad de quien manda”,  y sobre todo en la acepción “obediencia debida”: “Acatamiento y ejecución de la voluntad (órdenes) de un superior jerárquico, circunstancia que descarga de culpa al que obedece precisamente por estar sometido a su autoridad y dependencia jerárquica”. Es obvio que el grupo Prisa no se ha preocupado en criticar esta acepción de “obediencia debida” porque fue y sigue siendo la excusa empleada para permitir que siga en los puestos de mando toda la estructura militar franquista, toda la policía y restantes cuerpos represivos, sin haber pasado nunca por la “justicia” por sus crímenes durante el casi medio siglo de dictadura franquista, durante la “transición” y recientemente.

 

Además, en ningún momento se dice nada sobre la compleja interacción de factores de todo tipo que condicionan la práctica diaria de la obediencia y de la desobediencia como veremos en su momento, y sólo muy superficialmente se dice que obediente es el “propenso a obedecer” pero nada más, aunque sí resultan totalmente ilustrativas las siguientes acepciones: “Ceder el animal con docilidad a la dirección que se le da”, “Acudir el toro al engaño” [2]. Recordemos estas directas referencias a la obediencia de los animales porque volveremos a ellas en su momento cuando analizamos la “figura del Amo” y el papel que pudieron jugar las enseñanzas aprendidas por los humanos en la domesticación de algunas especies gregarias en la formación de los controles sociales y de las obediencias correspondientes.

 

En cuando a “derecho” se entiende, además de otras acepciones, también: “Facultad natural del hombre para hacer legítimamente lo que conduce a los fines de su vida”[3]. ¿Quién o qué define lo que es la “legitimidad” que sustenta el derecho? Aquí empiezan las contradicciones inherentes a las definiciones atadas a la lógica formal. Históricamente, en toda sociedad explotadora la legitimidad la define su clase dominante gracias al concurso de su Estado, además de otras instancias. Pero la contradicción interna se hace irresistible cuando leemos la segunda parte de la definición: “…que conduce a los fines de su vida”. ¿Cuáles son éstos y quien o quienes los determinan? A lo largo de la historia, la minoría dominante propietaria de las fuerzas productivas ha pretendido imponer a la mayoría un sentido y fin de la vida reducido a la mansedumbre ante la explotación, pero las gentes, los pueblos, las clases se han sublevado porque no aguantan que el fin de su vida abandonadas una vez que han agotado irremisiblemente su capacidad y fuerza productiva.

 

Por tanto, la definición restrictiva de “derecho” es relativa a las contradicciones sociales en las que se viva o se malviva, debido a lo cual la solución no es otra que la propia práctica de masas en la historia. ¿Qué han hecho las gentes oprimidas cuando se les ha acabado la paciencia, o han superado el miedo o se han convencido de que son mentira las religiones y los argumentos del poder? Dicho a grandes rasgos y sin mayores detalles, pasar de la obediencia a la desobediencia, de ésta a la resistencia y, dependiendo de los casos y al final del proceso, a la rebelión. Semejante experiencia histórica ha sido tan frecuente que no tardó en surgir un “derecho de resistencia” teorizado no sólo en el plano sociopolítico sino también en el ético[4], del mismo modo que el derecho a la rebelión aparece expresado ni más ni menos en el Preámbulo de la Declaración Universal de los Derechos Humanos de esta forma tan explícita: “Considerando esencial que los derechos humanos sean protegidos por un régimen de Derecho, a fin de que el hombre no se vea compelido al supremo recurso de la rebelión contra la tiranía y la opresión”.

 

Pero nada de esto aparece en la enciclopedia profusamente divulgada por la transnacional Prisa: no sólo no existen estos derechos que la humanidad explotada ha practicado sin remordimiento alguno, sino que, además, en caso de existir algo parecido sería sólo el “derecho de pataleo”: “desahogos o quejas inútiles del que ha sido contrariado en sus derechos o aspiraciones”[5]. Así, el “supremo recurso de la rebelión contra la tiranía y la opresión”, reconocido por la ONU, es reducido por PRISA a un ridículo y ridiculizable “derecho de pataleo”.

 

Durante el proceso ascendente que va de la desobediencia a la rebelión, pasando por la resistencia, proceso en el que tienden a interrelacionarse todas las formas de lucha, la desobediencia termina apareciendo más que como un derecho, como una necesidad que surge de la vida misma, como un acto necesario para posteriores avances. Ahora bien, ¿Qué es entonces la “necesidad” y lo “necesario”? Volviendo a la misma enciclopedia, vemos que hay varias definiciones de “necesidad”, algunas de ellas irreconciliables entre sí como, por ejemplo, la de la ideología neoliberal y marginalista, que es la de la burguesía más reaccionaria, y la de Marx y a Engels que esta enciclopedia desfigura en tres modelos de necesidad diferentes: la necesidad formal o artificial, la necesidad-escasez y la necesidad-depauperación. Y sobre lo que es “necesario” leemos: “Que es menester indispensable o hace falta para un fin”[6]. ¿Qué fin? ¿Y si ese fin está prohibido e ilegalizado? ¿Qué hacemos entonces?

 

2.- LA PRAXIS COMO ALTERNATIVA

 

La única respuesta efectiva a esta pregunta no es otra que el ahondamiento, extensión e intensificación de la praxis. De hecho, esto es lo que la humanidad ha venido haciendo desde hace milenios. En el principio fue la acción, dijo Goethe; y esta acción fue más desobediente que obediente. He razonado esta afirmación en otros textos y no me extiendo ahora. Digo que es la única respuesta porque tarde o temprano la obediencia sistemática termina chocando con la desobediencia, su opuesto irreconciliable con el que, empero, mantiene una unidad dialéctica irrompible mientras duren las condiciones estructurales que generan ese conflicto. La praxis como permanente interacción entre la mano y la menta, la acción y el pensamiento, el hecho y la palabra, aparece como la exclusiva posibilidad de romper esas condiciones estructurales, ya que, de suyo, la obediencia se caracteriza por tener un fondo dogmático.

 

Precisamente, han sido las corrientes dogmáticas dentro de lo que definen impropiamente como “izquierda” –socialdemocracia, stalinismo y eurocomunismo, básicamente--, las que, por un lado, se han mostrado incapaces de realizar un combate sistemático y radical contra la obediencia y, por otro lado, se han mostrado incapaces de comprender la dialéctica entre las denominadas “condiciones objetivas” y “condiciones subjetivas”, o en otros términos, entre la denominada infraestructura económica y la superestructura ideológica. La incapacidad para comprender la dialéctica obediencia/desobediencia surge del mecanicismo determinista que sólo valora lo objetivo y lo socioeconómico, negando su interacción permanente con lo subjetivo e ideológico, por llamarlos de algún modo. Rota dicha dialéctica, los mecanicistas y deterministas han derivado rápidamente a la primacía de la obediencia, y a la represión de la desobediencia.

 

Mas no debemos cometer el error de creer que éstas son las únicas razones a favor del autoritarismo, también y junto a ellas, ha intervenido e interviene de forma decisiva la degeneración como casta burocrática separada de las clases trabajadoras, ya sea dentro del sistema capitalista en cuanto bloque político-sindical reformista interesado vitalmente en no perder sus puestos y en no arriesgarse en “aventuras radicales”, ya sea como casta burocrática que controla el Estado obrero degenerado y que va evolucionando paulatinamente hacia la reinstauración del capitalismo y su simultánea transformación de casta burocrática todavía no propietaria oficial y legalmente de las fuerzas productivas, en clase burguesa propietaria a título privado de las fuerzas productivas, ya de forma oficial y hereditaria.

 

Insisto en el papel crucial de la praxis frente a la obediencia porque aquella es eminentemente dialéctica, es decir y parafraseando a Marx[7], es crítica y revolucionaria por esencia, no se deja intimidar por nada, no admite lo eterno e inmutable, sino que afirma lo perecedero, la negación y muerte forzosa de todo lo que existe, y es por ello el azote y la cólera de la burguesía y de sus portavoces doctrinarios. Por tanto, obediencia y dialéctica, obediencia y praxis son irreconciliables. Marx detestaba especialmente el servilismo y la sumisión, la lucha era su ideal de felicidad, sus héroes eran dos revolucionarios como Espartaco en lo material y Kepler en lo intelectual, su máxima era “Nada de lo humano me es ajeno”, y “Hay que dudar de todo” su divisa predilecta[8].

 

Es indudable, por tanto, que la praxis es una totalidad en acción y en pensamiento en la que intervienen todas las facetas de la vida humana, sea de forma consciente o de manera inconsciente, como los propios Marx y Engels afirmaron más de una vez. Así, la desobediencia como praxis es uno de los componentes de su dialéctica entre lo ético, lo político, lo estético, lo económico, etc.; pero insistiendo siempre que esa totalidad debe girar siempre alrededor de la acción política revolucionaria como la síntesis de las contradicciones sociales causadas por la propiedad privada de las fuerzas productivas.

 

Llegados a este nivel en el que apreciamos la interacción entre todos los componente de la praxis colectiva e individual, no podemos por menos que enfrentarnos al problema de las relaciones entre el complejo universo compuesto por la psicología, psiquiatría, psicoanálisis, con sus inacabables especializaciones, corrientes y hasta sectas enfrentadas, y ese no menos complejo mundo del marxismo. Desde luego, este es un debate que nos superar aquí y al que no podemos entrar. Sin embargo, conviene decir que es precisamente en el tema de la dialéctica como método en donde encontramos el eje separador entre lo reaccionario y lo revolucionario. No es casualidad, en modo alguno, que Castilla del Pino dedicara un denso capítulo a las relaciones entre la dialéctica y el psicoanálisis del propio Freud, mostrando cómo a pesar de sus limitaciones en este sentido, en realidad: “Freud hace dialéctica sin saberlo”[9].

 

Tampoco es casualidad que R. Osborn, fijándose en el aspecto complementario, sostiene precisamente en su capítulo sobre la dialéctica, que el error de un marxismo mecanicista y “objetivista” puede superar mediante el aporte de Freud sobre el papel de lo inconsciente[10]. Del mismo modo, la investigadora F. Moreno dedica un capítulo entero de su libro sobre E. Fromm, autor que nos ayudará más adelante, al carácter dialéctico de la naturaleza humana y unas páginas muy esclarecedoras tanto a la dialéctica marxista de Fromm como al papel de la praxis, definiéndola como “la médula de la historia” porque es “consciente, social, universal y libre”[11].

 

3.- EL DOGMATISMO DE LAS “IZQUIERDAS”

 

Aún así, el problema es más complicado una vez que nos introducimos en las relaciones entre la obediencia y la desobediencia porque entonces intervienen múltiples factores que sólo pueden integrarse en una visión plena si se posee un dominio adecuado del método dialéctico. Vamos a poner sólo dos ejemplos ilustrativos: Uno trata sobre cómo la burguesía imperialista ha terminado integrando buena parte del psicoanálisis, desintegrado sus iniciales y aún permanentes raíces revolucionarias, y poniéndolo al servicio militante de la reproducción del capital, junto al grueso de la psicología y psiquiatría. La mejor definición de por qué le ha sucedido esto al psicoanálisis nos la ofrece J. M. Brohm al sostener que: “el freudismo es la combinación dialéctica de una obra teórica revolucionaria y de la ideología de una sociedad burguesa que se defiende por todos los medios, inclusive el psicoanálisis, contra el fantasma de una revolución proletaria”[12].

 

Los seguidores de Freud que eran críticos con la burguesía desarrollaron el contenido revolucionario descubierto, pero quienes sí asumían el poder burgués los abandonaron y trabajaron para el capitalismo. Bien es cierto que estos seguidores recurrían a los textos ambiguos y ambivalentes de su maestro sobre el marxismo, que pueden ser interpretados de varias formas, como por ejemplo, el largo párrafo que empieza diciendo que “los comunistas creen haber descubierto el camino hacia la redención del mal…” y continúa minusvalorando la importancia historia de acabar con la propiedad privada  --que define como “derecho natural”--  porque, a pesar de ello, siempre perdurará el “instinto agresivo”; e incluso si se acabara con la familia y la represión sexual que general, incluso así seguirían actuando los instintos[13].

 

Luego, la propia fuerza de subsunción real del sistema llevó a una porción considerable del psicoanálisis a acceder a puestos de dirección en muchas instituciones oficiales “y, notoriamente, en las grandes industrias”[14], como certifica G. Jervis. Pero además de esta fuerza de absorción del sistema burgués, que también la sufrieron todas las teorías revolucionarias como lo demuestra la historia del anarquismo, los socialismos y el marxismo, aunque de una forma cualitativamente diferente a la padecida por el psicoanálisis, también en el caso de la institucionalización de las ideas desvirtuadas de Freud han jugado mucho sus sus métodos organizativos internos, que facilitaron con el tiempo la burocratización denunciada por, entre otros, E. Fromm en 1971[15]. A su vez, Caruso, desarrollando las relaciones entre sociedad y psicoanálisis  sostuvo que: “Cabe recordar también a los llamados psicoanalistas cristianos, adjetivación científicamente inaceptable, y asimismo señalar que entre los psicoanalistas hay una gran proporción de escépticos y hasta de suicidas”[16].

 

Es posible que en el poco más de un tercio de siglo transcurrido desde que Caruso escribiera estas palabras, hayan desaparecido los psicoanalistas cristianos y se haya reducido el número de psicoanalistas suicidados, o al contrario, pero el problema seguiría siendo el mismo a no ser que hubiera aumentado espectacularmente el número de psicoanalistas marginados, vigilados, detenidos, torturados, asesinados o desaparecidos por las dictaduras militares, el fascismo o simplemente la represión burguesa. Como carecemos de datos, suspendemos nuestro juicio, y recurrimos a J. M Brohm cuando nos ofrece un ejemplo de dos lecturas opuestas del mismo Freud: la de Lenin, que rechazaba el psicoanálisis y la de Trotsky que lo comprendió; no hace falta decir que la postura de Lenin fue utilizada por el stalinismo para arremeter contra Freud[17], reforzando a la vez el mecanicismo determinista y “objetivista” al que antes nos hemos referido. El otro ejemplo trata sobre las limitaciones de W. Reich, pese a sus innegables aportaciones, entre otras causas también por sus dificultades en entender de todo la dialéctica entre lo económico-social y la enajenación, derivando a un psicologicismo abstracto[18].

 

Podemos analizar más a fondo esta problemática de las limitaciones para captar la verdadera magnitud de la complejidad de fuerzas inconscientes y subconscientes que presionan sobre la dialéctica entre la obediencia y desobediencia, viendo las reacciones ante el estallido de la guerra mundial de 1914. Ahora, a comienzos del siglo XXI y tras aproximadamente un siglo entero de continuas y crecientes atrocidades inhumanas propiciadas por el imperialismo capitalista, comprendemos con relativa facilidad tanto la naturaleza sociohistórica de la brutalidad capitalista, como las razones de la docilidad y mansedumbre de cientos de millones de personas explotadas que obedecían las órdenes de matar y morir en beneficio de una minoría opresora. Pero no siempre ha sido así. Conviene recordar que personas de una calidad intelectual y moral incuestionable, como Lenin, por ejemplo, quedaron sobrecogidas, perplejas y desconcertadas por el estallido de esta guerra. Hay varias razones que explican el desconcierto de Lenin, casi todas ellas basadas en que aún no había realizado su segunda y decisiva lectura marxista de Hegel, comenzada en ese mismo 1914 y que le permitiría sus grandes avances teóricos de esa época.

 

Pero hay otra que tiene que ver con su resistencia a aceptar explícitamente la fuerza de lo inconsciente en las masas --avance que empezó a vivir al final de sus días, pero tarde ya, todo hay que decirlo--,  y que podemos sinterizar en su visión pequeñoburguesa y conservadora de la sexualidad. A Lenin se le debe incluir entre esos marxistas a los que critica con un poco de exceso F. Tellez, acusándoles de no haber tenido en cuenta el papel de lo bio-sexual y de lo personal privado,  de los “semi-social”, especialmente en lo que toca a las relaciones hombre-mujer, situaciones críticas y problemáticas que, al no resolverse, ayudan a crear “el malestar de la civilización”[19]. Muchos estudios han mostrado cómo millones de hombres iban alegremente a la guerra creyéndose también ser perfectos caballeros, maridos responsables, que morirían por sus esposas e hijos al margen de otras consideraciones como el odio nacionalista burgués, la defensa del capitalismo nacional  y de la civilización burguesa estatal, etc. Solamente cuando las inhumanas masacres demostraron a los soldados parte de la naturaleza verdadera de la guerra, sólo entonces aparecieron los primeros brotes de desobediencia en los ejércitos, pero eso fue a partir de la segunda mitad de 1916, dos años después, y casi todas las burguesías encontraron formas para reformar la obediencia de las tropas y seguir llevándolas a la degollina. Facilitar unas más frecuentes relaciones sexuales en la retaguardia fue una de ellas.

 

La respuesta de Freud a la guerra “en la que no queríamos creer (…) y trajo una terrible decepción”[20], fue esencialmente idéntica a la de Lenin. Decepción en un primer momento, pero al poco tiempo un esfuerzo intelectual impresionante para comprender sus raíces y sus efectos, y cómo enfrentarse a ellos. En este sentido, Freud dijo que: “El Estado exige a sus ciudadanos un máximo de obediencia y de abnegación, pero les incapacita con un exceso de ocultación de la verdad y una censura de la intercomunicación y de la libre expresión de sus opiniones, que dejan indefenso el ánimo de los individuos así sometidos intelectualmente, frente a toda situación desfavorable y todo rumor desastroso”[21].

 

Freud comprendió que la “indefensión de ánimo” creada por el Estado incapacita a los ciudadanos a reaccionar frente a las situaciones desfavorables. Precisamente es en las situaciones desfavorables cuando se constata el peso reaccionario de la obediencia individual y colectiva, y la extrema debilidad de las personas obedientes ante la capacidad manipuladora del Estado. Más adelante veremos que por “indefensión de ánimo” Freud entiende también la incapacidad de desarrollar un pensamiento crítico que puede analizar cuantitativamente y sintetizar cualitativamente los problemas a los que se enfrenta. Más aún, Freud sostiene que nunca ceja la presión coercitiva global sobre la persona, logrando que: “durante la vida individual se produce una transformación constante de esta coerción exterior en coerción interior”[22]

 

Ahora bien, a pesar de esto, la realidad es más diversa, rica en variaciones, matices y diferencias de lo que se nos hace creer. Freud dice: “La aparición de estos productos de la reacción es favorecida por las circunstancias de que algunos impulsos instintivos surgen casi desde el principio, formando parejas de elementos antitéticos, circunstancia singularísima y poco conocida, a la que se ha dado el nombre de ambivalencia de los sentimientos (…) la frecuente coexistencia de un intenso amor y un odio intenso en la misma persona (…) el carácter de un hombre (…) sólo muy insuficientemente puede ser clasificado con el criterio de bueno o malo. El hombre es raras veces completamente bueno o malo; por lo general, es bueno en unas circunstancias y malo en otras, o bueno en unas condiciones exteriores y decididamente malo en otras”[23].  Estas palabras resuman dialéctica porque muestran que la personalidad en una unidad de contrarios antagónicos en lucha permanente, en movimiento,  ya que lo “bueno” y lo “malo” de la personalidad son “elementos antitéticos”. Volveremos a esta dialéctica freudiana cuando analicemos otro par de elementos antitéticos que tienen suma importancia en el problema de la obediencia, la normalidad/anormalidad.

 

Significativamente, Lenin y los bolcheviques llegaron a conclusiones esencialmente idénticas sobre las rápidas fluctuaciones, parones, acelerones y hasta cambios de sentido contrario de la conciencia revolucionaria espontánea de las masas en las semanas prerrevolucionarias y en los críticos días anteriores a la insurrección revolucionaria. La teoría de la insurrección como un arte que debe saber captar la compleja interacción de factores objetivos y subjetivos en acelerado movimiento, para dar el paso decisivo en el momento justo, no antes ni después, esta teoría ya estaba apuntada en Marx y Engels. Pero fueron las bases bolcheviques y una pequeña parte de la dirección dirigida por Lenin, las que la perfeccionaron al cerciorarse de los riegos tremendos existentes si cometían un error de exceso o un error de defecto, es decir, si se adelantaban excesivamente al estado de ánimo de las masas, precipitando la insurrección; o si se retrasaban en realizarla al haber dejado pasar la cresta de la ola, lanzándose a las calles después de que las masas iniciasen un nuevo parón o giro, o indecisiones, en su estado de conciencia.

 

Posteriormente estos mismos problemas se han presentado muchas veces, y también se han  presentando sin tanta trascendencia histórica en los cambios bruscos de la llamada “opinión pública” durante los períodos preelectorales y las campañas electorales. Igualmente aunque a menor escala, la ambivalencia de los sentimientos es una de las bazas que tiene la ciencia de la manipulación sociopolítica y el marketing publicitario para realizar sus campañas.

 

Pese a esta constatación histórica, el fracaso de las “izquierdas” para llegar comprender la complejidad de la estructura psíquica de masas, su fuerza activa en la vida sociopolítica y las posibilidades de manipulación que ofrece a la clase dominante al existencia de esos “elementos antitéticos”, de la ambivalencia de los sentimientos que pueden variar rápida e intensamente en poco tiempo al calor de presiones externas y respuestas internas, al calor de las acciones del Estado, etc., este fracaso perdura hasta ahora mismo a pesar de los esfuerzos tremendos por superarla de muchos marxistas y psicoanalistas, así como de psiquiatría y psicólogos de izquierdas que plantean sus críticas sobre las limitaciones de Freud[24].

 

La fuerza emancipadora de lo que podríamos denominar, sin mayores precisiones ahora, como freudo-marxismo ya fue puesta de manifiesto, por ejemplo, con el brillante estudio de W. Reich sobre la reacción sexual autoritaria y patriarcal en la URSS inserta en el retroceso general hacia la burocratización stalinista desde la mitad de la década de 1920 en adelante[25], pero también en los estudios sobre el fascismo realizados por varios marxista entre los que destacan W. Reich, Bordiga, Gramsci, Trotsky[26], y otros como W. Benjamín, cuya tragedia personal al  terminar suicidándose para no ser apresado y muerto por el nazifascismo, es un ejemplo ilustrativo, ya que habiendo sido uno de los marxistas que reivindicaron la dialéctica como el único método capaz de explicar las transformaciones y superaciones históricas de lo irracional[27], fue rechazado por la socialdemocracia a la que criticó ferozmente,  y por el  stalinismo al que criticó con menor acritud al menos hasta 1938, aunque la opción de Benjamín por el esfuerzo de la Escuela de Francfort por acercar psicoanálisis y marxismo y su no condena de Trotsky le granjearon muchos problemas[28].

 

Realmente, estos marxistas no descubrían nada absolutamente nuevo porque algunos de los principios teóricos que explicaban el fascismo, estaban ya enunciados de algún modo con anterioridad. Sin extendernos, podemos rastrear en Maquiavelo algunas insinuaciones sobre la tendencia del pueblo a aceptar con condiciones el poder del Príncipe; Marx ya adelantó algo más concreto en su premonitor análisis sobre el bonapartismo y el papel de Napoleón III; el reaccionario M. Weber insistió en la necesidad de un poder carismático que controlara al pueblo que él tanto despreciaba, y Freud, criticando las tesis de Trotter sobre el “instinto gregario”, dijo que:

 

“en cambio, nosotros creemos imposible llegar a la comprensión de la esencia de la masa haciendo abstracción de su jefe (…) A propósito de las dos masas artificiales, la Iglesia y el Ejército, hemos visto que su condición previa consiste en que todos sus miembros sean igualmente amados por un jefe. Ahora bien: no habremos de olvidar que la reivindicación de igualdad formulada por la masa se refiere tan sólo a los individuos que la constituyen, no al jefe. Todos los individuos quieren ser iguales, pero bajo el dominio de un caudillo. Muchos iguales capaces de identificarse entre sí y un único superior: tal es la situación que hallamos en la masa dotada de vitalidad (…) más que un animal gregario es el hombre un animal de horda: esto es, un elemento constitutivo de una horda conducida por un jefe”[29].

 

Resulta ilustrativo ver cómo semejante avance teórico pasó desapercibido o fue ignorado de forma consciente por la mayoría de las izquierdas en aquellos años. No vale como excusa decir qué representaban realmente en lo sociopolítico  Maquiavelo y Weber, o qué opinaba Freud sobre Marx y el comunismo, o ampararse en las distancias entre la lucha de clases de la Europa de mediados del siglo XIX y la de los años 20 y 30 del siglo XX. Lo que toda esta corriente teórica, con sus divergencias irreconciliables en su seno, sacaba a flote eran problemas sociales inasimilables para cualquier poder burocrático, como el propio Freud se dio cuenta indirectamente. La burocracia político-sindical socialdemócrata y la casta stalinista no podían asumir los argumentos de esta corriente teórica porque terminaban cuestionando su propia existencia. La censura que cayó sobre la tímida y cauta sugerencia de Gramsci a Bujarin y Stalin en 1927, firmada por el PCI, es un demoledor ejemplo de lo que vemos: ¿cómo iba a admitir la casta burocrática stalinista la fuerza demoledora de lo que podríamos denominar “freudo-marxismo” si ni tan siquiera aceptó algo tan suave como la carta de Gramsci?

 

4.- LA ASTUCIA DEL IMPERIALISMO

 

Lo desastroso de semejante ceguera radica en que mientras las “izquierdas” se negaban a estudiar este problema y reprimían directa o indirectamente a quienes sí lo hacían, mientras tanto, el orden capitalista avanzaba por su lado en las investigaciones prácticas sobre la manipulación psicopolítica de masas. Ya en 1921 existía el Instituto Tavistock que investigaba cómo utilizar la estructura psíquica deteriorada de los ex soldados que habían sufrido las conmociones de la guerra de 1914-18 para producir “generaciones de idiotas” obedientes al imperialismo, Instituto que recibió fuertes apoyos económicos de grandes capitalistas y Estados burgueses[30]. Otro estudioso de esta problemática descubrió en sus buceos en la historia lo que sigue:

 

“Más allá del parecido entre las líneas ideológicas de la «guerra psicológica» y las del Congreso por la Libertad de la Cultura que muestran la coherencia relativa del plan concebido por Wisner y los dirigentes de la CIA, se puede notar que los especialistas de la «manipulación de masas» son frecuentemente marxistas arrepentidos. Un ejemplo de ello es la carrera de Paul Lazarsfeld. A fines de los años 20, el que será uno de los principales ideólogos de la «comunicación de masas» es un socialista activo. En Francia, tiene relaciones con la SFIO y con Leo Lagrange. En 1932, la Fundación Rockefeller le ofrece una beca de dos años para estudiar en Estados Unidos. Considerando que existe «una correspondencia metodológica entre la compra de jabón y el voto socialista», se da a conocer escribiendo artículos de marketing”[31].

 

Sobre las relaciones entre la CIA y otras agencias imperialistas, la manipulación en base a los conocimientos psicológicos y psicoanalíticos, el consumismo y la tortura, volveremos al final de este texto, ahora concluimos con lo siguiente: “Fue un sobrino estadounidense del propio Freud, Edward Bernays , el primero en percatarse del incalculable potencial que las teorías de su tío ofrecían al capitalismo y su visión del mundo, de la economía y del papel que el individuo debe jugar en la nueva sociedad consumista-capitalista que estaba emergiendo. El razonamiento propuesto por este hombre, aunque con efectos devastadores para la libertad humana, fue sencillo: si es verdad eso de que el hombre está sometido por una serie de fuerzas, pulsiones, deseos y necesidades inconscientes que ni si quiera él mismo conoce, y que operando desde un oscuro lugar de la mente tienen capacidad para influir en la conducta del hombre, también lo será que, manipulando convenientemente estas pulsiones, deseos y necesidades ocultas, quien sea capaz de realizar tal manipulación será capaz también de influir directamente, sin que ellos lo sepan, en la conducta, el pensamiento y el comportamiento de estos sujetos, y todo ello, además, mientras que por la vía de los mecanismos conscientes habituales se les está diciendo que se hace justamente lo contrario”[32].

 

Podríamos seguir citando muchos más datos sobre cómo el imperialismo sí se lanzó decididamente a la investigación práctica con fines económicos, políticos y militares de todo lo relacionado con el inconsciente y el subconsciente humano, mientras que las supuestas “izquierdas” hacían lo contrario. Hay varias respuestas muy simples y directas, interrelacionadas entre sí, que explican tal ceguera: una de ellas dice que en el fondo la teoría marxista del fascismo hacía referencia, entre otras cosas, a la “figura del Amo”, según la feliz expresión de D. Sibony en su estudio sobre la indiferencia política de las gentes explotadas[33].  Otra segunda respuesta explica que el discurso social del “freudo-marxismo”, y en concreto de W. Reich en este caso, va más allá de la resignación de Freud, “hundiendo un bisturí decidido ente las profundas raíces del drama humano, raíces que perpetúan desde siglos la triste historia de las masas, irresponsables, sometidas a la voluntad de un jefe paranoico”[34]. La tercera respuesta fue adelantada por Freud, aunque centrándose en las resistencias inconscientes al análisis[35], y que conserva buena parte de su valor hoy en día.

 

Todas ellas y algunas más sirven también para respondernos otra de las grandes interrogantes que nos hacemos siempre, y que W. Reich expresó de esta forma tan directa: “La psicología burguesa tiene por costumbre en estos casos el querer explicar mediante la psicología por qué motivos, llamados irracionales, se ha ido a la huelga o se ha robado, lo que conduce siempre a explicaciones reaccionarias. Para la psicología materialista dialéctica la cuestión es exactamente lo contrario: lo que es necesario explicar no es que el hambriento robe o el explotado se declare en huelga, sino por qué la mayoría de los hambrientos no roban  y por qué la mayoría de los explotados no van a la huelga. La socioeconomía, por tanto, explica íntegramente un hecho social cuando la acción y el pensamiento son racionales y adecuados, es decir, están al servicio de la satisfacción de la necesidad y reproducen y continúan de una manera inmediata la situación económica. No lo consigue cuando el pensamiento y la acción de los hombres están en contradicción con la situación económica y, por tanto, son irracionales[36].

 

Cómo superar la “figura del Amo”, al “jefe paranoico” y a la resistencia al análisis; cómo lograr vencer las ataduras irracionales que impiden que los explotados se rebelen contra los explotadores, recuperando las fábricas, socializando la propiedad privada, y cómo acabar con las causas que motivan el hambre para impedir que haya hambrientos que acepten servilmente su situación, que obedezcan con pasividad a la ley, estas son cuestiones de praxis que vuelven a adquirir ahora el mismo valor que antes o más incluso, porque la vuelta del fascismo se realiza en un contexto mundial peor que el de hace seis décadas. La desobediencia revolucionaria como alternativa contra el Amo tiene aquí un papel decisivo. Hablamos de desobediencia radical, no de desobediencia formal, reformista e integrada en la lógica propia del Amo. Ésta segunda, la que es aceptada y hasta propiciada por sectores de la burguesía, fue la ofrecida por el reformismo alemán a la juventud rebelde a finales de los años 1960 y comienzos de los ’70.

 

Dejando de lado algunos comentarios críticos que se pueden hacer a su obra, tiene razón R. Reiche cuando afirma que: “Las soluciones ofrecidas por las izquierdas tradicionales a los jóvenes radicales son, hasta ahora, tan impotentes como el “año voluntario” con respecto a las mayorías adolescentes adaptadas. Por ejemplo, el “Sozialistische Zentrum”, que quería hacerlo mejor que el SDS, por una parte, y mejor que el SPD, DFU, y el SPD por otra, llama a la juventud de la oposición a rehusar acciones simplemente pseudo-radicales  no comprendidas por algunos sectores de la población  --en sí progresistas--  a las que abandonaría en manos de la reacción. Sus teóricos reconocen  --entre otras cegueras políticas de las que se hacen culpables --  que a los adolescentes, los cuales reconocen precisamente la obediencia, la apatía inhumana y la agresión canalizada de las mayorías adultas y adolescentes en la sociedad, padecen y quieren defenderse de todo ello, no se les puede, a su vez, ordenar y disciplinar con un comportamiento que estos mismos jóvenes tienen que interpretar como “obediente” y en casos concretos, incluso como corrupto y oportunista”[37].

 

Ordenar y disciplinar a la juventud con alternativas que contienen una obediencia al sistema idéntica en el fondo a la obediencia anterior, aunque con algunas formas externas diferentes, esta táctica denunciada por R. Reiche, ha sido usada con harta frecuencia en la historia social, y de hecho fue la empleada durante la denominada “transición hacia la democracia” en el Estado español muy pocos años después. Las incorrectamente denominadas “izquierdas”, en este caso todas las fuerzas reformistas que apoyaron la constitución monárquica y la continuidad de todas las estructuras de poder franquistas revestidas de “democracia” en pocas horas, se dedicaron a transmutar una obediencia en otra, la franquista en la monárquica, pero manteniendo su esencia capitalista, nacionalista española y patriarcal. Es decir, y volviendo a la “figura del Amo”, se retocó la figura pero siguió el Amo.

 

5.- NECESIDAD Y DESOBEDIENCIA LATENTE

 

Era necesario detenernos un instante en la mezcla de rechazo, miedo e incapacidad de las “izquierdas” para enfrentarse directamente a la dialéctica entre lo consciente y lo inconsciente, y en la astucia del imperialismo para  manipular lo irracional, porque solamente tras estos breves apuntes podemos comprender los avances que algunos personas han realizado en los últimos años partiendo del desierto teórico anterior, y que son decisivos para explicar que la desobediencia es una necesidad inserta en la praxis revolucionaria. Hemos visto que las definiciones formales sobre la obediencia, el derecho y la necesidad, no pueden explicar la dinámica de las contradicciones que bullen en su interior porque para contra argumentar lo dicho por alguien siempre podemos recurrir a las tesis de sus enemigos sociales, muy especialmente en cuestiones eminentemente contradictorias al reflejar las contradicciones objetivas. Por esto, tiene toda la razón G. Jervis cuando estudiante qué es la “necesidad” nos remite al problema político del sujeto, a las relaciones entre subjetividad y objetividad de una necesidad, y a las relaciones entre necesidad y deseo[38].

 

¿Qué quiere decir con esto G. Jervis? Pues que: “La necesidad se expresa habitualmente como sufrimiento por una carencia: si este sufrimiento se percibe como insatisfacción, la necesidad se expresa como deseo. El deseo es, pues, junto con la insatisfacción, el espectro subjetivo de la necesidad: es decir, tendencia y tensión hacia un objetivo”[39]. Existe por tanto una totalidad que incluye lo objetivo y lo subjetivo, la necesidad y el deseo, el sufrimiento y el placer, etc.,  como contrarios unidos dialécticamente. Ahora bien, debemos avanzar un poco más en la naturaleza social de esta totalidad concreta que integra tantas contradicciones. El mismo autor al que recurrimos, precisa más adelante que:

 

“Las más típicas e importantes necesidades sociales son necesidades radicales, aparentemente no vinculadas a las necesidades inmediatas del cuerpo, tales como por ejemplo, la necesidad de libertad, la necesidad de justicia, la necesidad de igualdad, la necesidad de conocimiento. Se puede observar que aunque todas ellas sean necesidades históricas (es decir, no dadas a priori, sino nacidas y determinadas por modos concretos de vida) tienen también todas ellas algo de constante, al igual que las necesidades elementales (…) Las necesidades sociales radicales no vienen de arriba sino que nacen de la praxis, es decir, que se definen en el definirse de los hombres  a través de la historia de las generaciones, y del proceso de la lucha de clases. Su propia definición es pues  --hay que insistir--  histórica, o sea no absoluta (…) si se considera la sociedad como dividida en clases, como sociedad en transformación, entonces es legítimo y necesario asumir la responsabilidad de mantener que las necesidades que aparecen como dominantes no coinciden necesariamente ni con las de la mayoría de la población (y especialmente con las de las clases oprimidas) ni con las necesidades reales que presionan para la transformación total de la sociedad”[40].

 

Otro investigador de esta problemática decisiva, D. López, defiende exactamente lo mismo pero con estas palabras: “La aceptación del “normal”, en cuanto acomodación y no resolución de las antinomias, es contraria a las leyes de desarrollo del individuo y de la especie, leyes que implican no el conformismo, no la hipocresía identificadora con el superego y las posiciones de dominio, sino, en realidad, la búsqueda de esa síntesis identificadora que es la persona con sus relaciones consigo misma y con su realidad, con las personas, en su capacidad de aceptación de la realidad dada, de elección de una nueva realidad, o de entrega a la tarea de transformación   --lenta y, por lo tanto, sustancial y formal--  de una realidad que piensa que es necesario cambiar”[41].

 

Las necesidades de libertad, justicia, igualdad, conocimiento, etc., son radicales porque atañen a la esencia social e histórica de la especie humana, a sus raíces genético-estructurales; sin la búsqueda de su resolución práctica no se habría producido la autogénesis de nuestra especie, ontológica y filogenéticamente considerada, aunque tengamos un tanto por ciento muy pequeño de diferencia genética con respecto a nuestros “hermanos” homínidos. Las necesidades radicales son por su misma esencia antagónicas con la obediencia y por ello mismo la desobediencia es una necesidad inserta en la praxis social que busca solucionar el resto de las necesidades vistas. La aceptación de lo “normal” y su obediencia no son en modo alguno “prácticas naturales”, “normales” por decirlo de algún modo, sino disciplinas sociales artificialmente impuestas desde las posiciones de dominio y en base al conformismo y la obediencia, a pesar de que van directamente en contra del desarrollo colectivo e individual.

 

Hablamos de desobediencia radical y revolucionaria, que no reformista e integrada en el sistema, porque sólo ella puede romper con la “figura del Amo” que determina que las masas explotadas permanezcan indiferentes a la acción política, como es el caso de denuncia crítica que R. Reiche hizo hace un tercio de siglo. Por otra parte, comprender los contrarios antagónicos obediencia/desobediencia que conlleva a su vez la unidad de lo objetivo y de lo subjetivo, de la necesidad y del deseo, etc.,  entender esta dialéctica histórica de la que no se puede excluir el accionar del Estado de la clase dominante, exige su correspondiente lógica dialéctica que integra en su movimiento la unidad y lucha de contrarios que bullen en la sociedad humana. Sin embargo, la ideología burguesa es incapaz por definición de comprender esta realidad. La forma de salir de su trampa no es otra que la del estudio crítico de la historia humana, destrozando las mentiras construidas por los poderes y sacando a la luz las luchas sociales, las protestas, las desobediencias masivas.  Según Erich Fromm:  

 

“La historia humana comenzó con un acto de desobediencia, y no es improbable que termine con un acto de obediencia (…) Si la humanidad se suicida será porque la gente obedecerá a quienes le ordenan apretar los botones de la muerte (…) La obediencia a una persona, institución o poder (obediencia heterónoma) es sometimiento; implica la abdicación de mi autonomía y la aceptación de una voluntad o juicio ajenos en lugar del mío. La obediencia a mi propia razón o convicción (obediencia autónoma) no es un acto de sumisión sino de afirmación (…) Mientras obedezco al poder del Estado, de la Iglesia o de la opinión pública, me siento seguro y protegido. En verdad, poco importa cuál es el poder al que obedezco. Es siempre una institución, u hombres, que utilizan de una u otra manera la fuerza y que pretenden fraudulentamente poseer la omnisciencia y la omnipotencia. Mi obediencia me hace participar del poder que reverencio, y por ello me siento fuerte. No puedo cometer errores, pues ese poder decide por mí; no puedo estar solo, porque él me vigila; no puedo cometer pecados, porque él no me permite hacerlo, y aunque los cometa, el castigo es sólo un modo de volver al poder omnímodo”[42].

 

La obediencia produce calma, felicidad, sosiego, es como una droga, un opio parafraseando a Marx, por eso es tan abundante y masiva. No es casualidad que Freud dejara sentado desde muy pronto en su obra que el pensamiento crítico surge del displacer, de la insatisfacción ante los resultados obtenidos: “cuando, a pesar de haberse obedecido todas las reglas, el estado de expectación con su acción específica consiguiente, no llega a la satisfacción sino al displacer”. Freud habla de pensamiento crítico o examinador, es decir, que examina los detalles, no se contenta con las generalizaciones, sino que aplica una especie de método dialéctico-materialista  --aunque Freud no cita textualmente esta método--: “el pensamiento crítico (…) recurriendo a todos los signos de cualidad, trata de repetir todo el decurso de cantidad, con el fin de comprobar algún error de pensamiento o algún defecto psicológico[43]. Partiendo de lo visto, debemos dar la razón a Fromm:

 

“Para desobedecer debemos tener el coraje de estar solos, errar y pecar. Pero el coraje no basta. La capacidad de coraje depende del estado de desarrollo de una persona. Sólo si una persona ha emergido del regazo de materno y de los mandatos de su padre, sólo si ha emergido como individuo plenamente desarrollado y adquirido así la capacidad de pensar y sentir por sí mismo, puede tener coraje de decir “no” al poder, de desobedecer. Una persona puede llegar a ser libre mediante actos de desobediencia, aprendiendo a decir no al poder. Pero no sólo la capacidad de desobediencia es la condición  de la libertad; la libertad es también la condición de la desobediencia. Si temo a la libertad no puedo atreverme a decir “no”, no puedo tener el coraje de ser desobediente. En verdad, la libertad y la capacidad de desobediencia son inseparables; de ahí que cualquier sistema social, político y religioso que proclame la libertad pero reprima la desobediencia, no puede ser sincero”[44].  

 

Antes de seguir con el estudio de esta cita, conviene que veamos las raíces teóricas en las que se basa Fromm y que nos remiten directamente a Freud. En efecto, Fromm sostiene que para desobedecer debemos tener el coraje de asumir la soledad y el error propio, tenemos que arriesgarnos a decir no; lo dice porque la libertad, lo mismo que la desobediencia, es riesgo, descubrimiento, investigación, o sea, praxis, y todo ello conlleva más temprano que tarde, directa o indirectamente, tensión, conflicto, choque con la autoridad y por tanto alguna forma de represión. Y todo ello produce algún preocupación, inquietud y, llegados a un nivel preciso, de miedo. Pero antes de seguir conviene dar una definición de miedo para saber de lo que hablado. J. Balboa responde así a la pregunta ¿qué es miedo?:

 

“Vivimos sobre el miedo. Miedo al fracaso, miedo a la soledad, miedo a la muerte. Miedo a la pobreza, miedo a la marginación. Miedo a enfermedades, a la inseguridad. Miedo a la exclusión. Miedo a los delincuentes, miedo a la prisión. Miedo a los extraños, miedo a perder el trabajo, a perder la vivienda. Miedo a la violencia. Y miedo tras miedo marcan el sino de nuestras acciones, de nuestras decisiones, de nuestras opiniones y de nuestra visión de la sociedad. Una auténtica oleada de miedos y temores se expanden por el cuerpo social. Pero, antes de nada, ¿qué es el miedo? El mecanismo del miedo (Según la RAE: 1. m. Perturbación angustiosa del ánimo por un riesgo o daño real o imaginario. 2. m. Recelo o aprensión que alguien tiene de que le suceda algo contrario a lo que desea.), puede esquematizarse a partir de los siguientes elementos: el objeto que causa el miedo, cierto desconocimiento (sobre el objeto o sobre cómo afrontar el peligro), la parálisis y la reacción hacia la seguridad buscada por parte del sujeto atemorizado. El elemento común a todo temor, a todo miedo, es cierto desconocimiento sobre el objeto que lo genera: toda una aureola de ignorancia cubre el fenómeno en sí (sea una bruja, una posible pandemia, un enemigo poderoso, una amenaza natural de efectos catastróficos, un terrorista, un Dios, etc.). Podemos afirmar que el miedo aumenta de manera directamente proporcional al desconocimiento sobre el objeto temido o al desconocimiento (o impotencia) ante cómo afrontarlo” [45].

 

Hecha esta necesaria aclaración, debemos decir que Freud había adelantado que: “No nos extrañe, pues, que bajo la presión de tales posibilidades de sufrimiento, el hombre suele rebajar sus pretensiones de felicidad (…) no nos debe asombrar que el ser humano ya se estime feliz por el mero hecho de haber escapado a la desgracia, de haber sobrevivido al sufrimiento; que, en general, la finalidad de evitar el sufrimiento relegue a segundo plano la de lograr el placer”[46]. Hay un dicho popular que dice: “más vale malo conocido que bueno por conocer”. Por tanto, ante el miedo a la libertad, la persona retrocede, no quiere asumir sus riesgos, y sacrifica el placer a cambio de la seguridad, y la obediencia es el método. Saborear lo bueno exige la desobediencia, pero a la vez el riesgo y hasta el peligro algunas veces, y también la soledad porque “la masa” se echa para atrás, duda, recula y retrocede buscando el calor protector que sólo la obediencia garantiza.

 

Pero Freud continúa explicando cómo en estos momentos en los que el miedo a la soledad, a lo nuevo y al placer de la libertad hace que se imponga el sálvese quien pueda, el individualismo como una de las salidas desesperadas ante el creciente malestar de la cultura: “El aislamiento voluntario, el alejamiento de los demás, es el método de protección más inmediato contra el sufrimiento susceptible de originarse en las relaciones humanas. Es claro que la felicidad alcanzable por tal camino no puede sino ser la quietud. Contra el temible mundo exterior sólo puede uno defenderse mediante una forma cualquiera de alejamiento si pretende solucionar este problema únicamente para sí”[47]. Freud sigue exponiendo otros métodos, como las adicciones y otros, pero la lógica de su argumento es la misma ya que la soledad aislacionista e individualista, la que se aísla de lo colectivo para refugiarse en uno mismo, es la forma más común de huir de las realidades que producen displacer y sufrimiento.

 

No hay contradicción con lo que dice Fromm sobre la necesidad de estar en soledad crítica y autoconsciente frente al poder, porque Freud se refiere al individualismo escapista que huye de la realidad con miedo pavoroso, un individualismo cobarde y reaccionario, egoísta; mientras que Fromm se refiere a su contrario dialéctico, a la soledad asumida conscientemente, la que sirve para bucear en uno mismo autocríticamente, cogiendo fuerzas para emerger desde lo profundo liberado a la superficie mediante la praxis revolucionaria. Cada uno se refiere a uno de los extremos antitéticos de la dialéctica entre el individualismo reaccionario y la individualidad revolucionaria. Vemos así la unidad y lucha de contrarios antagónicos: obediencia/desobediencia, heteronomía/autonomía, irracionalidad/racionalidad, opresión/libertad, miedo/coraje, cobardía/valentía, etc., tanto en su evolución histórica al hacer directa referencia al origen de la explotación social, como en su coherencia lógica al proceder a la síntesis, superando las limitaciones e incongruencias del formalismo abstracto de la ideología burguesa tal como las hemos visto en la enciclopedia Salvat-El País.

 

En la práctica, la unidad y lucha de contrarios entre, por ejemplo, la obediencia y la desobediencia, es un proceso en el que los extremos se unen y separan, separan y unen lo que exige el recurso al método analítico y sintético, diacrónico y sincrónico, inductivo y deductivo. De hecho, es esto mismo lo que hace Freud cuando recurre a la dialéctica anormalidad/normalidad: “El yo anormal, que no sirve para nuestros propósitos, no es, por desgracia, una ficción. Toda persona normal es de hecho solamente normal en cuanto pertenece a la media. Su yo se aproxima al del psicótico en uno u otro aspectos y en mayor o menor cantidad; y el grado de alejamiento de un extremo de la serie y de su proximidad al otro nos proporcionará una medida provisional de lo que hemos llamado con tanta imprecisión “alteraciones del yo[48]. Explicando esta dialéctica de anormalidad/normalidad, R. Osborn resume así la tesis de Freud: “que lo anormal se aparta de lo normal gradualmente, y que las tendencias anormales no son sino formas más acusadas de las tendencias normales”[49].

 

Llegados a este punto, tenemos que recordar lo arriba visto sobre la dialéctica entre lo “bueno” y lo “malo” en la personalidad humana, sobre lo antitético y la ambivalencia inserta en la personalidad, su movimiento y su cambio permanente. Rememorando lo visto sobre los bruscos cambios en la dinámica de obediencia/desobediencia en la personalidad individual y en la conciencia colectiva de las masas en los momentos cruciales, debemos aplicar esta dialéctica anormalidad/normalidad y ambivalencia entre lo “bueno” y lo “malo” para, salvando las distancias, entender el contradictorio comportamiento de las masas alienadas que oscilan entre la obediencia y la desobediencia, en una especie de “obediencia media” que fluctúa según la evolución de las contradicciones objetivas y subjetivas del sistema. Esta dialéctica descubre así una línea de sumisión compuesta por la obediencia, heteronomía, irracionalidad, opresión, miedo, cobardía, anormalidad, etc., enfrentada a la opuesta de desobediencia, autonomía, racionalidad, libertad, coraje, valentía, normalidad, etc. No hay duda de que en el fondo de la irreconciliabilidad entre ambas líneas que forman una unidad de contrarios en permanente lucha, existe también un choque entre la ética de opresión y la ética de la liberación.

 

Utilizando este método, comprendemos la interacción entre derecho y necesidad, y viceversa, en las relaciones entre la desobediencia y la rebelión. De hecho, el mismo Fromm plantea esta interacción en su análisis de la producción social de obediencia: “Si los pocos deseaban gozar de las cosas buenas, y además de ello, hacer que los muchos les sirvieran y trabajaran para ellos, se requería una condición: que los muchos aprendieran a obedecer. Sin duda, la obediencia puede establecerse por la fuerza. Pero este método tiene muchas desventajas. Constituye una amenaza constante de que algún día los muchos lleguen a tener medios para derrocar a los pocos por la fuerza; además, hay muchas clases de trabajo que no pueden realizarse apropiadamente si la obediencia sólo se respalda con el miedo”[50].

 

Existe por tanto, según lo visto, una vía tendencial que va de la desobediencia latente a la explotación hasta la rebelión de la mayoría contra la minoría propietaria, rebelión que aplica la fuerza para derrocar a los pocos que se han apropiado de los bienes producidos por los muchos. Se trata de una tendencia que puede ser abortada, cortada, desviada o destrozada por una represión salvaje y criminal, masiva; pero esta masacre es empleada por los pocos sólo en los momentos críticos decisivos, cuando su propiedad privada corre el peligro de desaparecer al ser convertida en propiedad social.

 

6.- COBARDIA Y MASOQUISMO: LA DEMOCRACIA

 

¿Qué medidas preventivas aplica la minoría, los pocos, para desviar hacia el orden establecido ese malestar social? Fromm responde sintéticamente que: “Por ello la obediencia que sólo nace del miedo de la fuerza debe transformarse en otra que surja del corazón del hombre. El hombre debe desear, e incluso necesitar obedecer, en lugar de sólo temer la desobediencia. Para lograrlo, la autoridad debe asumir las cualidades del Sumo Bien, de la Suma Sabiduría; debe convertirse en Omnisciente. Si esto sucede, la autoridad puede proclamar que la desobediencia es un pecado y la obediencia una virtud; y una vez proclamado esto, los muchos pueden aceptar la obediencia porque es buena, y detestar la desobediencia porque es mala, más bien que detestarse a sí mismos por ser cobardes”[51].

 

Elevar al orden establecido, a su Estado, a la ideología que los cimenta y legitima, como el Bien Absoluto, es una de las necesidades imperiosas del capitalismo, que no únicamente de los anteriores modos de producción. La burguesía necesita presentarse como el Sumo Bien, aunque con formas nuevas y diferentes a la feudales, esclavistas, tributarias, etc., como luego veremos al volver al problema del carácter autoritario-masoquista y de otras formas de comportamiento que, en apariencia, son “libres” y hasta “desobedientes”. Que el Estado necesita demostrar en todo momento que es Omnisciente, más aún, que es Omnipresente y Omnipotente, como dios, es incuestionable precisamente porque las contradicciones objetivas del sistema minan periódicamente los relativos equilibrios puntuales, las estabilidades logradas siempre relativas e inestables por definición.

 

¿Cómo logra el Estado inculcar entre las gentes explotadas que él es el Sumo Bien? Mediante otros recursos, también con la sorprendente eficacia disciplinadora que tiene todo lo relacionado con el acto de la confesión en todas sus formas, que no sólo en la cristiana. Más concretamente, con lo que J. Larrosa define como “dominar-se” como la estructura del poder, es decir, “vigilar-se” a sí mismo en lo más profundo de la personalidad y luego decirlo, confesarlo al poder establecido, sea el cura o el fraile, el policía, el juez, el fisco, el médico, el psicólogo; es decir, inculparse y delatarse a uno mismo:

 

“El poder sobre uno mismo, del que el confesor es el depositario, pasa por la obligación  de vigilarse continuamente y de decirlo todo acerca de uno mismo. Pasa también por una relación con el juicio, con el juzgar-se, puesto que establece una relación entre la subjetividad y la ley (…) El sujeto confesante es atado a la ley en la misma operación en que es atado a su propia identidad. Reconoce la ley y se reconoce a sí mismo en relación con la ley. La confesión es un dispositivo que transforma a los individuos en sujetos en los dos sentidos del término: sujetos a la ley y sujetos a su propia identidad. Promueve formas de identidad que dependen de cómo el sujeto se observa, se dice y se juzga a sí mismo bajo la dirección y el control de su confesor. La secularización de la confesión en la medicina, la psicología, la pedagogía, etc., no cambia esencialmente, en cuanto a la forma general del dispositivo, el modo como integra la verdad, el poder y la subjetividad”[52].

 

J. Larrosa pone el dedo en la llaga de una realidad opresora decisiva para la producción de obediencia, ante la que guardan silencio desde los intelectuales supuestamente “críticos” hasta la izquierda clásica. Nos referimos al poder religioso, cuestionado radicalmente por el marxismo y el psicoanálisis, pero aceptado subrepticia o abiertamente por la progresía laica. Recordemos que Caruso dijo que es anticientífico hablar de psicoanalistas cristianos. Una de las síntesis mejores de la irreconciliabilidad entre el psicoanálisis y la religión nos la ofrece C. Goldaracena cuando, interpretando a Freud, define a la religión como una “neurosis obsesiva social”[53] que impide la resolución de los conflictos humanos, prolongándolos en beneficio del poder. Yendo a Freud, leemos que: “La conciencia de culpabilidad consecutiva a una tentación inextinguible y la angustia expectante bajo la forma de temor al castigo divino se nos ha dado a conocer mucho antes en los dominios religiosos que en los de la neurosis” [54]. La pregunta que nos surge, empero, es ¿Qué ocurre con el poder de atemorización por el castigo divino cuando las personas superan esa forma de neurosis obsesiva, cuando la sociedad se seculariza? Pues que sólo se cambian las formas de producir temor, culpabilidad y obediencia porque lo esencial sigue intocable, como indicó Freud en su tiempo y más tarde R. Osborn expresó así estudiando el proceso educativo: “Hacer de la obediencia una virtud es socavar la autonomía individual”[55].  

 

Los súbditos debemos ser virtuosos, autovigilarnos y autodominarnos fusionando en nosotros mismos la ley y la identidad, y a la vez, tenemos que confesar nuestros pensamientos y actos a la ley de tal modo que nuestra identidad sea la ley en acción. Por tanto,  debemos llevar al Estado en nuestra cabeza y en nuestro bolsillo, dentro de nuestra personalidad, en nuestras angustias  --entendida la “angustia” con las precauciones tomadas por S. Freud[56]--, miedos y alegrías, en nuestros deseos. Así nuestra obediencia será natural, lógica, y creeremos en una supuesta libertad de pensamiento y de elección material, práctica, que nos convencerá que nuestro voto al PSOE o a IU, es libre y consciente, además de progresista y demócrata, o en todo caso será moderado si votamos al PP, pero nunca de fascista y reaccionario. Así nuestra cobardía habrá desaparecido y seremos tan valientes como para insultar al árbitro en el partido de fútbol, escupir al emigrante y al vagabundo, y aplaudir con las orejas la ilegalización de todas las vascas y vascos.

 

Importancia destacada tiene aquí el problema de la cobardía en una fase imperialista en la que la guerra ha vuelto a ocupar el papel central que nunca perdió pero que se mantuvo soterrado mediante los acuerdos entre los EEUU y la URSS. Cuando el placer y el confort que produce la obediencia choca con las contradicciones reales, tarde o temprano surge alguna duda, y después algún desasosiego, y probablemente surja un remordimiento amargado por esa insoportable quemazón de la cobardía. Situaciones así son más frecuentes de lo que sospechamos, según lo demuestran todos los estudios de psiquiatría crítica. Para evitarlas e impedir de antemano posibles procesos de toma de conciencia crítica, para ello, el sistema presta tanta atención a que la obediencia no sea consciente de su cobardía ni de su egoísmo.

 

Al contrario, el sistema transmuta la cobardía real en ficticia valentía que se canaliza hacia la violencia opresora, imperialista. La persona obediente es cobarde frente al amo, se paraliza ante la explotación y la injusticia, pero se vuelve valiente contra el oprimido y el explotado, porque cuenta con el apoyo material del Estado que le protege. La efectividad práctica de estas fuerzas que manipulan la cobardía colectiva es tal que la tiene que reconocer un libro flojo en lo teórico dado que abusa de la hipótesis de la “teoría del juego”. En efecto, tras páginas de supuesta “racionalidad del elector” burlada por la astucia de los políticos durante la “transición democrática” en el Estado español, J. M. Colomer tiene que reconocer que existió un “temor al enfrentamiento fatal” y una “tendencia a la componenda”[57], asegurándose así la estabilidad política en el Estado.

 

E. Fromm ha sido también uno de tantos que han insistido en el crucial papel que juega el placer de la obediencia en el desarrollo del carácter autoritario-masoquista: “El hecho de que el sometimiento pueda llegar a representar un placer explica por qué ha sido tan fácil someter a los hombres;  por qué esto ha sido, en general, más fácil que lo inverso, es decir, que el inducir a los hombres a que renuncien al sometimiento y adquieran independencia interior”[58]. Tras reconocer que el carácter masoquista es, en sus manifestaciones no patológicas, el que forma la mayoría de los componentes de la sociedad capitalista, de modo que aparece  tan “normal” en el hombre burgués que no es considerado como un “problema científico”, dicho esto, sostiene que: “El placer de la obediencia y el sometimiento puede ser consciente o estar totalmente oculto tras racionalizaciones como el determinismo, la necesidad o la sensatez, pero lo decisivo del carácter autoritario es que en las situaciones en las que puede obedecer son tan gratificantes para él, que no procura transformarlas sino reforzarlas cada vez que las encuentra en la realidad”[59].

 

El carácter autoritario-masoquista, el sadismo y todo lo relacionado con los objetivos y beneficios que puedan obtenerse con el recurso de la destructividad, del dolor y del daño, fueron analizado por Freud y otros investigadores, y desde entonces ha sido una preocupación que se acrecienta en determinados contextos sociales por su relación con la obediencia. E. Fromm, que puede ser definido como el mejor investigador[60] de esta cuestión decisiva para entender la desobediencia, sintetizó tres grandes mecanismos de evasión a los que recurren las personas cuando se enfrentan a los riesgos inherentes a la libertad:

 

El primero era precisamente el masoquismo y la aceptación de la autoridad como medio para “librarse de la pesada carga de la libertad”[61], carga que no puede sobrellevar, por un lado, lo que le impulsa también por otro lado a intentar “convertirse en parte integrante de alguna más grande y más poderosa entidad superior a la persona, sumergiéndose en ella (…) Al transformarse en parte de un poder sentido como inconmovible, fuerte, eterno y fascinador, el individuo participa de su poder y gloria (…) también se asegura contra las torturas de la duda (…) se salva de la necesidad de tomar decisiones, de asumir la responsabilidad final por el destino del yo y, por lo tanto, de la duda que acompaña la decisión”[62]. El segundo método de escape es la destructividad, que en la baja clase media puede reconocerse fácilmente por su tendencia al “aislamiento del individuo y represión de la expansión individual”[63]. Y el tercero es la conformidad automática, solución adoptada por la mayoría de las personas normales y que consiste en que “el individuo deja de ser él mismo; adopta por completo el tipo de personalidad que le proporcionan las pautas culturales, y por lo tanto se transforma en un ser exactamente igual a todo el mundo y tal como los demás esperan que él sea”[64].

 

7.- ACTIVAR LAS “RESERVAS DE REACCIÓN”

 

La manipulación de la ansiedad de placer que tiene el masoquista cuando depende de la autoridad sádica, así como los otros dos mecanismos de escape, constituyen este arte que juega con el miedo y con el deseo, dialécticamente unidos, y que ha sido una técnica social que el poder explotador ha usado con insistencia. F. Neumann realizó una brillante investigación al respecto mostrando cómo la manipulación política de la ansiedad colectiva y del miedo social ha sido una de las razones de las masivas respuestas reaccionarias orientadas contra “enemigos exteriores”, contra “conspiraciones” internas y externas destinadas a acabar con el orden y la ley. Neumann hizo un listado de conspiraciones desde el inicio del siglo XVII: la de los jesuitas, la francmasona, la comunista, la capitalista, la judía, concluyendo muy acertadamente con la tesis de que “el mundo se ha hecho más susceptible al crecimiento de movimientos de masa regresivos”[65]. Miedo y ansiedad que buscaban en el dictador la reencarnación protectora de la imagen mítica de la autoridad paterna a la que se obedece sin condiciones.

 

En el tercio de siglo transcurrido desde que Neumann escribió estas palabras hemos asistido a la creación de nuevas “conspiraciones” exteriores e interiores que, sin romper en absoluto con la lógica de lo expuesto, sino confirmándola, han ampliado los objetivos a criminalizar, perseguir y exterminar por los movimientos reaccionarios. Si mayores precisiones ahora, al poco del hundimiento de la URSS el imperialismo yanqui difundió la tesis del “choque de civilizaciones” como antesala de la criminalización del islamismo, de todo el llamado “eje del mal”, y del denominado “terrorismo mundial”, que es una especie de saco sin fondo en el que cabe de todo, desde el narcotráfico todavía no controlado por el imperialismo hasta las FARC y otros movimientos de liberación nacional, pasando por las masas de emigrantes clandestinos. La ola de racismo que avanza por el supuesto “occidente democrático” va unida a la oleada represiva en lo social y en lo clasista, a la multiplicación de la omnipresencia policial y a su militarización.

 

Se debe insistir en que por debajo de los cambios y de las novedades que se han producido en los últimos decenios, e incluso desde inicios del siglo XVII, por admitir la fecha dada por Neumann, en el interior de estos procesos se mantiene empero una continuidad esencial en lo básico determinada por la continuidad de las contradicciones inherentes al capitalismo. Es esta realidad de fondo la que determina que periódicamente resurjan comportamientos de masas como los que estamos analizando, y que permanentemente exista una especie de “reserva reaccionaria” más o menos inactiva pero siempre expectante, que funciona en la cotidianeidad y hasta en niveles de la vida pública, formada por ese ramificado y polifacético universo de obediencias, sumisiones, angustias y miedos, magma irracional manipulable por el poder y que no siempre necesita de un líder carismático, del cesarismo ni de la dictadura para expresarse. No hay que despreciar la alta capacidad de las sociedades capitalistas “democráticas” y “normales”, con sus sistemas político-parlamentarios y sus “derechos civiles”, para reactivar las “reservas de reacción” latentes en la estructura psíquica de masas. La civilización burguesa puede recurrir a las viejas tácticas del cesarismo pero también a las modernas de la rotación periódica de los “gobiernos democráticos” elegidos electoralmente, para reactivar total o parcialmente la reserva de reacción autoritaria.

 

Bien es cierto que nunca se trata de una incitación mecánica, de un plan perfecto que funciona de maravilla, porque el inconsciente colectivo, no en el sentido jungiano, tiene una autonomía apreciable y sus propios ritmos, y que sobre todo está minado por las contradicciones sociales objetivas; pero siendo esto verdad, también lo es que los Estados prestan especial atención a las técnicas de manipulación de la llamada “opinión pública”, que es una de las capas superficiales del magma de reserva reaccionaria. Por ejemplo, con respecto a la historia de los EEUU, D. Harvey ha escrito que este país:

 

“También tiene su lado oscuro sembrado de la paranoia sobre temibles amenazas de fuerzas enemigas y malignas provenientes del exterior. Se teme a los extranjeros y emigrantes, a los agitadores externos y, actualmente, por supuesto, a los “terroristas”. Esto conduce a un círculo vicioso interno y a la clausura de los derechos y libertades civiles que hemos conocido en episodios como la persecución de los anarquistas en la década de 1920, el macartismo de la década de 1950 dirigido contra los comunistas y sus simpatizantes, la veta paranoica de Richard Nixon respecto a los opositores a la Guerra de Vietnam y, desde el 11 de septiembre, la tendencia a tachar toda crítica a las políticas de la Administración como una forma de ayuda y de incitar al enemigo. Este tipo de nacionalismo converge fácilmente con el racismo (más en particular hacia los árabes), con la restricción de las libertades civiles (la Patriot Act),  el freno de las libertades de prensa (el encarcelamiento de periodistas por no rebelar sus fuentes), y la opción de la encarcelación y de la pena de muerte para tratar la criminalidad”[66].

 

D. Harvey hubiera podido empezar su lista de oleadas criminalizadotas y represivas habidas en los EEUU no en la década de 1920 sino bastante antes, desde la fundación de las Colonias en el siglo XVII y sobre todo desde 1733 con  la institucionalización de la persecución y exterminio de las naciones indias, la esclavización africana y la mezcla de desprecio, odio y miedo a estas poblaciones y a los mexicanos y latinoamericanos, o el Ku Kus Klan con toda su parafernalia prefascista, sádica y absolutamente racista. Tiene razón al referirse al macartismo de los ’50 fue una de las oleadas reaccionarias más fuertes porque se basaba en una profunda base psicológica de masas caracterizada por el “sentimiento de miedo y de insignificancia” que dominaba a la sociedad yanqui como ya estudió E. Fromm una década antes[67]. El macartismo fue también una manera de manipular la insignificancia aumentando el orgullo imperialista mediante la exacerbación del miedo al comunismo invasor; una táctica que fue parcialmente reactivada por el reaghanismo en los ’80 para recuperar el orgullo yanqui tras la aplastante derrota de Viet Nam, y que fue luego definitivamente recuperada por la Administración Bush a comienzos del siglo XXI en su cruzada anti “terrorista”[68].

 

De cualquier modo, lo que más nos interesa de lo visto es la constatación de que también se producen esos retrocesos autoritarios, represivos e irracionales en grado sumo, en el capitalismo más desarrollado, el que inventó el consumismo y la técnica moderna de manipulación psicopolítica de masas de forma industrial, masiva  y científica. Es necesario tener esto en cuenta porque asistimos en la actualidad a la interacción de diversas tácticas y métodos usados por el sistema para reforzarse y asegurar su expansión. No podemos cometer la ingenuidad de creer que la burguesía sólo recurre a un método en exclusividad, rechazando el resto. Al contrario, vivimos sometidos a diferentes presiones destinadas a obtener objetivos tácticos diversos que, empero, buscan un único fin.

 

Por una parte, es cierto lo que sostienen G. Jervis y otros muchos investigadores:

 

“En la sociedad industrial avanzada, el tipo de ciudadano que el poder necesita ya no es exclusivamente el que no piensa y obedece, sino también el que discute, desea y “crea”. Para manejar una tecnología compleja es necesario tener disciplina, pero también ser inteligentes y con inventiva; para consumir mucho hay que ser optimistas, liberados y “creativos”; para adaptarse a un mundo que es cada vez más inhumando, hay que multiplicar y potenciar las posibilidades de evasión, de olvido, las falsas inversiones de poder durante el carnaval, el juego, la fiesta. Desde hace muchos años, en Estados Unidos, psicólogos y psicoanalistas predican la liberación, la espontaneidad, la alegría, la recuperación del cuerpo, la libertad de los deseos, pero siempre en lugares y momentos específicos y separados, casi siempre fuera del momento de producción, en situaciones institucionalizadas inmediatamente, fuera de las horas de trabajo, a lo sumo en relación con la renovación de los consumo. Se intenta hacer entender al ciudadano que puede saber lo que desea con tan solo mirarse a sí mismo y dentro de sí mismo, esto es, que no está enajenado; sólo está “reprimido”. Y que sus deseos son sus necesidades. Por lo tanto, que luche contra la represión que lleva dentro, en primer lugar; y el sistema le proporcionará a continuación momentos y cauces para obtener lo que desea, o incluso para gritar su rabia contra la autoridad y la disciplina a la que debe someterse en ciertas ocasiones (el jefe, los impuestos, los guardias, la madre o la suegra: en el fondo, nada más ¿no?) de su existencia”[69]

 

Pero por otra parte, también es cierto que junto a lo arriba visto y a la vez, buscando otros objetivos, otros sujetos y colectivos diferentes, o los mismos pero en otro momento de su dialéctica de la obediencia, el capitalismo hace llamamientos “al deber, al sacrificio y a la devoción”[70] idénticos a los que realizaba el fascismo oficial en décadas pasadas. Tales llamamientos no han desaparecido en las sociedades capitalistas actuales, sino que se han adaptado a las nuevas necesidades de la acumulación y del orden, a la vez que han surgido nuevos métodos de producción generalizada de obediencia que al calor de las contradicciones objetivas y subjetivas, entre las que hay que destacar las incapacidades y cegueras del reformismo y la previa derrota de las izquierdas, permiten la vuelta del fascismo al poder por la puerta electoral y “democrática”, como en Italia muy recientemente[71].

 

8.- CONSTANTES, CAMBIOS Y TEORÍA

 

La tendencia al aumento de las corrientes fascistas y neofascistas, de los movimientos reaccionarios, etc., ya venía siendo discutida con antelación entre las izquierdas. Por ejemplo, y sin extendernos, a finales del siglo XX S. Bologna escribió una interesante actualización de las ideas de T. Geiger de los años ’30, sobre la problemática de la llamada “clase media”, tan decisiva en la expansión del nazifascismo, mostrando cómo la racionalidad positivista de los intelectuales provenientes de esta “clase media”, que otorgaba a la racionalidad “un poder que no posee”[72], había fracasado ante las fuerzas irracionales reactivadas por la larga crisis estructural del capitalismo, crisis que culminó en la guerra mundial de 1939-45. La pertinencia de semejante actualización era innegable a finales del siglo XX porque la ofensiva reaccionaria del imperialismo a escala mundial estaba actualizando deliberadamente todos los mecanismos de manipulación psicológica de masas, en especial dentro del amplio espacio social formado por la nueva pobreza, la depauperación y la precarización que afectaban cada vez más a las “clases medias”, que no sólo al proletariado industrial en su sentido clásico.

 

En los mismos años en la que S. Bologna retrocedía en su investigación seis décadas para encontrar algunas constantes históricas que iluminaran parte de los problemas de finales del siglo XX, A. De Giorgi publicaba su esclarecedora investigación sobre los cambios que el tránsito del fordismo al posfordismo estaba determinando, junto a otras causas, una readecuación de los controles sociales en el sistema capitalista. De las muchas aportaciones que hace, ahora sólo nos podemos centrar en sus ideas sobre cómo no sólo son las clases trabajadoras las afectadas por las novedades introducidas por el capitalismo, sino también las “clases medias”, pero muy especialmente nos interesa todo lo relacionado con su afirmación de que a raíz de tales cambios: “Domina la incertidumbre (…) una inseguridad difusa, en una crisis de representación política, en una crisis de identidad”[73]. Sabemos, tras todo lo expuesto, que las crisis de identidad, la inseguridad e incertidumbre, la crisis política, etc., son especialmente propicias para la reactivación de la “reserva reaccionaria” que dormita en los decenios de calma y tranquilidad. Incluso, que la inseguridad sea difusa, sin contornos precisos e inconcretos, la falta de certidumbre que todo ello acarrea generaliza la angustia y el miedo, y con ello predispone a la obediencia y a la docilidad servil.

 

Uno de los objetivos más buscados por el sistema represivo nazifascista con su aleatoriedad fríamente calculada, era ni más ni menos que mantener a las poblaciones en la inseguridad difusa permanente ya que la represión salvaje podía golpear a cualquiera, aunque no hubiera hecho nada, o precisamente por eso mismo mismo. Más adelante, nuestro autor, al hablar sobre “control y terror”, dice: “La creciente demanda de protección, que ha favorecido el nacimiento de un verdadero mercado de la seguridad, constituye un índice significativo de la difusión social de un vocabulario motivacional de la precariedad y el miedo”[74]. Aquél objetivo se ha hecho presente en otro definido como el de “explotar la histeria”, la angustia y el miedo en las masas ante las nefastas consecuencias sociales de la política neoliberal de liquidación de los derechos colectivos y de las prestaciones públicas.

 

D. Ladipo estudió en profundidad la táctica de manipulación de la histeria social por la burguesía yanqui con la consiguiente industrialización privada de todo el proceso represivo, etc., dentro de la dinámica global de autoritarismo neofascista yanqui. Una de las aportaciones de esta buena investigación fue la de mostrar precisamente cómo la política burguesa de “explotar la histeria”[75] social termina, empero, azuzando las contradicciones inherentes a la dialéctica obediencia/desobediencia en el sentido de potenciar la reaparición de los colectivos críticos que se movilizan conscientemente contra la política dominante.

 

Simultáneamente, en el Estado francés la casta intelectual giraba hacia la reactivación de una parte de los próceres ideológicos del nazifascismo. En el contexto de retroceso teórico, ético y político impuesto por tal giro a la derecha, fueron muy pocas las personas que se atrevieron a defender los valores de la rebeldía, desobediencia e independencia del pensamiento crítico. En un diálogo público entre G. Grass y P. Bourdieu sobre dicha involución, el primero declaró su fastidio por “La fascinación por Jünger y Heidegger entre los intelectuales franceses” y la vuelta al público de este país del “pensamiento sombrío que tuvo consecuencias tan fatídicas en Alemania”. Por su parte,  Bourdieu no tuvo reparos en decir que: “después de oponerme claramente al nuevo culto a Heidegger, estuve muy aislado. No ha sido placentero ser un francés empeñado en mantener la fe en la Ilustración en un país que se precipita de cabeza al oscurantismo moderno”[76].

 

La denuncia de Bourdieu del cerco que había sufrido por rechazar el oscurantismo moderno fue uno de los decrecientes actos de resistencia a la progresiva integración de la casta intelectual en la lógica de la “figura del Amo”. Fue además de sobre otras bases sociales, también sobre esta expansión del prestigio intelectual del “pensamiento sombrío”, reaccionario y con dosis de irracionalidad, que en el Estado francés triunfó la derecha más reaccionaria dando el gobierno a Chirac, definido como “un saco apestoso de corrupción política”[77], en medio de una alta tensión pública artificialmente creada y que llegó a la aparición de soldados con metralletas en las estaciones de ferrocarril para garantizar el orden.

 

Incluso, dentro de una “ciencia social” tan conservadora y legitimadora del capitalismo como es la sociología, había surgido algún investigador que ya en 2002 planteó desde el reformismo inherente a esta “ciencia” ciertas inquietudes sobre “la involución a escala mundial”, la reaparición del culto al líder y el problema del neofascismo, definido éste como “una compleja mezcla de fascismo, fanatismo religioso y simple matonismo”[78]. También en estos años R. Fernández Durán, tras analizar las transformaciones que se daban en el capitalismo mundial y las respuestas de sectores sociales dentro de los “países centrales”, que se distanciaban parcialmente de la política oficial, afirmó con razón que esta tendencia estaba contrarrestada por la contraria, la del autoritarismo, “ante el temor de escenarios futuros de inseguridad en ascenso, estos sectores apoyan sin vacilación las estrategias de endurecimiento de los Estados que les venden “seguridad” (guerra contra el “terrorismo”, lucha contra la inseguridad ciudadana, criminalización de la pobreza, lucha contra la inmigración), es decir, distintas versiones de la “guerra global permanente””[79].

 

Desarrollando la tesis de la guerra global, R. Vidal Jiménez opina que: “En este mundo-espectáculo, la resistencia contra la dominación es “un acto de terrorismo”, con lo que la legítima pretensión de autonomía política y económica te transforma, al menos, en un “radical” o en un “extremista”. En esta sociedad mundial autosimulada, la recta obediencia, la aceptación incondicional del orden impuesto, tiene, por tanto, un premio: la adjudicación del adjetivo elogioso de “moderado”. Un adjetivo cuyo precio es asumir las consecuencias inevitables de esa nueva economía política (global) de la guerra[80]. Por no extendernos, R. Bergalli[81] explicó cómo el tránsito del fordismo al posfordismo suponía también el avance del control social basado en las disciplinas al basado en el control punitivo, en el que acentúa aún más el castigo, la represión y el miedo.

 

Si nos fijamos, vemos que la táctica de palo y zanahoria no ha desaparecido del todo aunque escorada abiertamente hacia la represión. La zanahoria consiste en no ser criminalizado como “terrorista” si se obedece, si se cumple con las exigencias del “juego democrático”, siendo entonces premiado con el salvoconducto provisional de “moderado” en el mejor de los casos. Para aumentar la efectividad del método escorado hacia el palo, se incrementa a política de desarrollo del miedo social de masas y sus estrechas relaciones con el poder burgués, como estamos viendo. Un ejemplo de lo dicho lo tenemos en el aumento de la criminalización de las fiestas juveniles que desbordan la tolerancia del sistema porque cuestionan parcial o totalmente la producción de jóvenes obediente y el marco urbano, material y simbólico en el que se realiza[82], y lo mismo hay que decir de la represión de las fiestas populares que se realizan en las naciones oprimidas por el Estado español, por citar otro ejemplo característico de lo que se esconde dentro de los controles punitivos.

 

Especial importancia tiene en esta tendencia involutiva la fusión del fundamentalismo cristiano con las diversas variantes de la ideología fascista, dando forma a movimientos reaccionarios actuales que tienen claras conexiones con los de hace seis y siete décadas. C. Hedges ha rememorado la valía contemporánea de las advertencias que hace muchos años le hiciera J. L. Adams, su profesor de ética, que había conocido detalladamente las relaciones entre el cristianismo y el nazismo:

 

“Adams comprendió que los movimientos totalitarios se aprovechan de la profunda desesperanza personal y económica. Llamaba la atención sobre el hecho de la desaparición de puestos de trabajo en las fábricas, sobre el empobrecimiento de la clase obrera estadounidense, y sobre la destrucción física de comunidades enteras en los enormes, desolados y decadentes suburbios urbanos que estaban deformando rápidamente nuestra sociedad. El actual ataque contra la clase media, que vive ahora en un mundo donde todo lo que puede colocarse en programas de ordenador puede fabricarse fuera, le habría horrorizado (…) La derecha cristiana ha atraído a decenas de millones de estadounidenses (que se sienten verdaderamente abandonados y traicionados por el sistema político) desde un mundo basado en la realidad a otro mágico, hacia fantásticas visiones de ángeles y milagros, a una creencia infantil en que Dios tiene planes para ellos y Jesús los va a guiar y proteger. Esta visión mitológica del mundo, que considera inútil la ciencia y los interrogantes objetivos, que predica que la pérdida del trabajo y del seguro de enfermedad no tienen importancia mientras uno se encuentre en buenas relaciones con Jesús, ofrece un falso y sólido mundo que se enfrenta a los anhelos emocionales de sus desesperados seguidores ante la realidad (…) Adams vio en la derecha cristiana (mucho antes que nosotros fuéramos conscientes de ello) semejanzas perturbadoras con la Iglesia Cristiana de Alemania y el partido nazi, semejanzas que, decía, en el caso de inestabilidad social prolongada o crisis nacional, podrían ocasionar el auge de los fascistas estadounidenses”[83].

 

Podemos ahora comprender la importancia del estudio de S. Bologna sobre cómo el tránsito del fordismo al postfordismo está zarandeando muy duramente a las “clases medias” y a las clases trabajadoras en su conjunto, facilitando la reactivación de comportamientos sociopolíticos que, en apariencia, van en contra de la racionalidad positivista, la misma que entró en quiebra en los años ’30 con el auge nazifascista según hemos visto antes. Si bien el análisis de S. Bologna tiene la debilidad de que no integra plenamente el accionar del “complejo subjetivo” en la vida sociopolítica, cultural y económica, aunque late en el fondo, tiene empero la virtud de que reconoce la decisiva responsabilidad del reformismo socialdemócrata y poscomunista en el “proceso de desmaterialización del lenguaje político”, es decir, en la desaparición del contenido teórico radical de la política en los decisivos años de la imposició