DEL NARCOCAPITALISMO

AL 

NARCOIMPERIALISMO

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

IÑAKI GIL DE SAN VICENTE

 

         

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 DEL NARCOCAPITALISMO  AL  NARCOIMPERIALISMO

 

 

 

1.                   1.       PRESENTACIÓN

2.                   2.       CAPITALISMO MERCANTIL Y ALCOHOL

2.1.

2.2.

3.                   3.       CAPITALISMO INDUSTRIAL, ALCOHOL Y OPIO

3.1.

3.2.

3.3.

4.                   4.       CAPITALISMO IMPERIALISTA Y KEYNESIANISMO

4.1.

4.2.

4.3.

5.                   5.       CAPITALISMO FINANCIERO Y NUEVAS TENDENCIAS

5.1

5.2

5.3.

5.4.

5.5.

5.6.

5.7.

5.8.

6.                   6.       CAPITALISMO DESTRUCTIVO, SALUD Y DROGAS

6.1.

6.2.

6.3.

6.4.

6.5.

7.                   7.       NARCOIMPERIALISMO Y SUMISIÓN EUROESPAÑOLA

7.1.

7.2.

7.3.

7.4.

7.5.

7.6.

 

8.                   8.       EUSKAL HERRIA

8.1.

8.2.

8.3.


 

1. PRESENTACIÓN

 

Una de las características del imperialismo en su forma actual, a comienzos del siglo XXI, es el papel creciente que juega la denominada “economía criminal” en el entramado total de recursos burgueses destinados a aumentar su tasa de beneficios. Que el capitalismo es de naturaleza criminal es algo sabido incluso antes de la majestuosa obra de Marx y Engels, pero fue a partir de estos revolucionarios cuando se demostró la unidad dialéctica entre la investigación científico-crítica del modo de producción capitalista y la denuncia ético-moral de su esencia criminal e inhumana. Desde entonces no tiene sentido hacer distinción entre “economía capitalista” y “economía criminal” porque son dos formas de expresar la misma esencia: la explotación de la fuerza de trabajo humana.

Sin embargo, en este escrito se habla de la “economía criminal” como una parte secundaria pese a su importancia dentro del capitalismo en su conjunto. No existe contradicción con lo dicho justo en el párrafo anterior porque en éste nos movemos en el nivel de la síntesis teórica última, cuando debemos expresar el total y radical rechazo al capitalismo por cuanto tiene de criminal en su esencia permanente, rechazo que se sustenta tanto en la praxis científico-crítica como en la praxis ético-moral. Este contenido unitario de ambos componentes es especialmente valioso y necesario en todo lo relacionado con las drogas, con el narcocapitalismo, como veremos.

Cuando hablamos de “economía criminal” como una parte del capitalismo sólo estamos moviéndonos en el nivel del análisis específico de un área cada día más importante, pero que existe desde que surgió este modo de producción. Aclarar las relaciones entre ambos niveles del método de pensamiento -la síntesis y el análisis, y viceversa-  siempre es conveniente, pero más en estas problemáticas en las que por su extrema gravedad  -centenares de miles de vidas destrozadas, fabulosas ganancias extraordinarias de determinadas fracciones de la burguesía, estrechas relaciones entre los aparatos estatales, la banca y las mafias, etc.,- se corre el riesgo de que la justa indignación y la ira justa obnubilen la necesaria frialdad del pensamiento crítico.

Una cosa similar ocurre con el término de “narcocapitalismo”  y “narcoimperialismo” ya que, como veremos en este texto y sin entrar aquí en mayores precisiones, la historia del capitalismo chorrea  “narcóticos” -en el sentido extensivo e incluyente de los efectos alienadores del consumo incontrolado de las drogas- devastadores sobre las masas explotadas y contra ellas. No es por casualidad que en la crítica de Marx exista una constante a lo largo de los años entre la religión como opio del pueblo, en un brillante análisis que ha sido simplificado al extremo, y el fetichismo de la mercancía como ejemplo de la inversión ideológica de la realidad -tomar los efectos como las causas y no a la inversa- adquiriendo la forma de alienación religiosa. O sea, en el capitalismo existe una dinámica inherente a su esencia que hace que, además de las drogas materiales, también existan drogas “espirituales” que se convierten en fuerzas materiales reaccionarias cuando prenden en la conciencia de las masas. Desde esta perspectiva sintética el “narcocapitalismo” es puro y duro capitalismo a secas, en su expresión más cruda.

Sin embargo en este escrito también se usa el concepto de “narcocapitalismo” y al final se defiende que éste se ha transformado en “narcoimperialismo” como parte integrante de la “economía criminal”, como la parte que obtiene los beneficios con las drogas en vez de con el tráfico de órganos humanos, por ejemplo, como veremos más adelante. Aquí, en este nivel, nos movemos en el momento analítico, cuando estudiamos los impresionantes y crecientes beneficios materiales y “espirituales” que producen las drogas a la clase dominante. Ahora bien, una parte del “narcoimperialismo” es ilegal y otra es legal, e incluso alegal por los vacíos y ambigüedades de las leyes burguesas. Por ejemplo, la industria tabaquera es narcoimperialismo legal, aunque con restricciones parciales en aumento, mientras que en cada vez más sitios muchas de las llamadas “drogas blandas” son legales, reguladas o consentidas, pero en otros siguen siendo ilegales. Para comprender estas contradicciones no hay que recurrir a las disputas morales entre burgueses, siempre sujetas a la razón del dinero, sino a, por un lado, las presiones democráticas de organizaciones populares y sociales en favor de una regulación coherente y, por otro lado, a las disputas económicas entre diferentes fracciones de la burguesía.

Por su parte, el “narcotráfico” es una parte del “narcocapitalismo” y del “narcoimperialismo” y no a la inversa, ya que este segundo abarca el proceso entero de producción, transporte al por mayor, reparto al por menor, venta al consumidor individual y lavado del dinero para cuantificar los beneficios últimos, mientras que el narcotráfico, como su propio nombre indica y limita, es sólo la parte del transporte. Ello no quita ninguna importancia a las mafias que realizan esta parte del proceso general, al contrario, simplemente confirma la superior importancia de otros poderes ilegales o legales decisivos en el proceso completo, desde la gran banca que lava el dinero, hasta los aparatos de Estado relacionados con las mafias, pasando por industrias químicas sin las cuales no existiría el narcocapitalismo ni el narcotráfico, los colectivos de abogados que “torean” la legalidad burguesa, etc.

Un creciente papel juega aquí la relativamente nueva “economía de la falsificación”, básica para facilitar todos los trámites no sólo del lavado del dinero sucio obtenido con la “economía criminal” sino también, y en muchas cuestiones sobre todo, para el inicio de muchas de las operaciones ilegales o alegales. Documentos bien falsificados, que superen todos los controles de autenticidad, son imprescindibles incluso en el comienzo de muchas operaciones alegales e ilegales. Bien es verdad que la falsificación de documentos es tan vieja como el capitalismo y como el propio dinero, como el propio mercado en suma y que está instaurada dentro mismo de los grupos que se autodefinen como puros e impolutos, libres de toda mácula. La Iglesia cristiana, por ejemplo, se asienta sobre la falsificación, manipulación y tergiversación de unas supuestas palabras atribuidas a un supuesto Jesús que dicen que existió hace dos mil años, que a su vez se asientan sobre un texto retocado, amputado, corregido y reinterpretado infinidad de veces. Pero la falsificación sólo adquiere su total sentido en el capitalismo, en la sociedad basada en la producción generalizada de mercancías.

Vemos entonces que el capitalismo es de naturaleza, obligatoriamente, una “economía criminal” y al mismo tiempo “narcocapitalismo” y actualmente “narcoimperialismo”, todo junto; pero en su funcionamiento concreto, época a época y país a país, tenemos que considerar los diferentes niveles, contextos y circunstancias,  fuerzas e intereses sociales enfrentados en estos procesos. Ahora bien, en el momento de realizar estos análisis concretos de las situaciones concretas, sin los cuales nunca sabremos nada de nada, debemos tener siempre presente la existencia del Estado burgués, que no es una cosa pasiva, inerme, un instrumento exclusivamente técnico y administrativo. El Estado burgués es una fuerza sociopolítica activa sin la cual no hubiera existido nunca el capitalismo tal cual lo padecemos a diario, porque centraliza estratégicamente el conjunto de dinámicas parciales que intervienen en la explotación de la mayoría por la minoría, asegurando su efectividad, vigilando y reprimiendo a las masas, ayudando a su alienación y poniendo orden dentro de las clases dominantes en una interacción con sus distintas fracciones siempre atendiendo a la situación interna e internacional.

Cuando decimos que el Estado ayuda a la alienación de las masas explotadas queremos decir que el capitalismo genera por su propia actividad una alienación básica, una de cuyas manifestaciones más nocivas es la creación de personalidades indefensas, dependientes, frágiles, obedientes, sumisas, crédulas, pasivas... Sobre esta base consustancial al sistema capitalista, intervienen los aparatos del Estado, desde la educación hasta el parlamentarismo, pasando por los partidos y sindicatos reformistas, etc., que ayudan a mantener, adaptar y reforzar esa alienación básica. En los problemas de las drogas esta precisión es crucial porque si algo debe quedar claro desde el principio es que todo lo relacionado con las drogas es eminentemente político, además de económico.  La política de clase, de sexo-género y de nación, impregna y condiciona todo lo relacionado con el consumo de drogas al igual que la explotación de la fuerza de trabajo por la burguesía impregna y condiciona fatalmente la calidad de vida de las masas trabajadoras.

Tanto una como otra, la alienación de base capitalista como la ayuda estatal, terminan produciendo seres humanos incapaces de disponer del autocontrol personal suficiente como para mantener un uso no compulsivo, un uso limitado, controlado y autocrítico de las drogas; es decir, personas dueñas de sí mismas, capaces de saber cuáles son sus propios límites, de construirlos en base a una vida consciente y basada en un flujo crítico de conocimientos sobre todo lo relacionado con las drogas. Pero ésta es una parte de la unidad dialéctica del tema que tratamos, porque la otra es la colectividad en la que esa persona se desarrolla. O sea, hablamos de la dialéctica entre lo colectivo y lo individual, uno de los objetivos prioritarios a destruir por parte del capitalismo.

Por regla general, las drogas se imponen muy fácilmente allí donde esta dialéctica es muy débil y se impone del todo allí donde está rota, donde ha desaparecido porque el capitalismo ha impuesto el individualismo aislado y desarticulado, aunque algunas drogas se consuman en grupo, pero eso es sólo el escenario exterior de una tragedia que se sufre en la más espantosa soledad autodestructiva. Y recordemos que el mercado es por esencia la dictadura del fetichismo sobre la individualidad reducida al extremo de comprador autómata en busca de una felicidad ficticia e inexistente. Por eso compra drogas como sustitución irreal de lo que el capitalismo le niega.

Como veremos en la páginas que siguen, la evolución de las problemáticas de las drogas, en plural porque son muchas y crecientes, ha ido unida a la evolución de los Estados y muy frecuentemente tales problemáticas han sido, también, condicionadas por decisiones estatales. Pues bien, la relación entre drogas y Estado se demuestra como estratégicamente política en las situaciones de opresión y ocupación nacional, y no sólo cuando la clase dominante necesita debilitar las luchas sociales en ascenso, romper los movimientos vecinales en barrios combativos sumergiéndolos en drogas ilegales y provocando la delincuencia social, etc. Muchas drogas han sido y son usadas para estos objetivos sociopolíticos y económicos, unidas a otras decisiones tales como reducir los gastos sociales, aumentar la precariedad, abandonar las infraestructuras públicas y vecinales de asistencia, transportes, etc.

Siendo esto obvio, basta tener una mínima experiencia para confirmarlo, sin embargo cuando se comprueba la letal funcionalidad político-económica de las drogas al servicio del Estado es en su uso contra las luchas de liberación nacional y sobre todo antes de que éstas surjan, cuando el Estado invasor recurre a la introducción de drogas inexistentes en los pueblos atacados o fuerzan la masificación del consumo de otras ya existentes pero reguladas por las normas cotidianas del pueblo atacado. Los objetivos son claros: desestructurar, romper, pudrir desde dentro las normas y códigos sociales que regulan la reproducción de la identidad colectiva del pueblo atacado. Esas normas reflejan los largos siglos durante los cuales ese pueblo ha ido acumulando su excedente social colectivo material y simbólico, siempre en pugna con sus propias contradicciones internas y agresiones externas, cuando ha sufrido estas agresiones. Pero no son simples reflejos pasivos sino activos por cuanto expresión de sus contradicciones internas y presiones externas, por ello mismo contienen dinámicas de futuro, respuestas a los problemas presentes y capacidad constructiva frente a las crisis destructivas.

Acabar con esta capacidad de respuesta creativa a las necesidades de los pueblos atacados es uno de los objetivos prioritarios que busca el Estado atacante con la introducción de drogas ante las que no existen defensas sociales porque son desconocidas o con la forzada multiplicación del consumo de drogas ya conocidas pero que, al masificar su ingesta, terminan desbordando los canales culturales de integración social y destruyendo, seguidamente, la reproducción social  de la identidad colectiva del pueblo atacado. En este sentido básico existe una relación interna, genética, entre el inicial narcocapitalismo y el terrorismo occidental y, ya actualmente, entre el narcoimperialismo y el terrorismo capitalista, relación genética que no podemos analizar aquí.

Naturalmente, el uso de las drogas como armas biológicas de exterminio social y nacional siempre exige la utilización de otras medidas más amplias, profundas y prolongadas en el tiempo como son, por ejemplo, la prohibición o severas restricciones al uso creativo de la lengua y de la cultura de ese pueblo, el ataque represivo sistemático contra quienes reivindican sus derechos colectivos, la ocultación o tergiversación de su historia y en especial de su memoria militar imponiéndole las del Estado ocupante, su desmembración territorial en todas las cuestiones, etc. Las drogas desarrollan su mortal poder destructor en estas circunstancias porque ellas limitan al extremo la capacidad de resistencia del pueblo atacado, o la anulan. En este breve texto veremos muchos casos al respecto, especialmente en que más nos afecta a nosotros, el de Euskal Herria.

 

2. CAPITALISMO MERCANTIL Y ALCOHOL

2.1.

La economía política burguesa está siempre a merced de los caprichos del mercado o como dicen los ideólogos neoliberales, dependiendo de la llamada “preferencia subjetiva” del consumidor. En este sentido el neoliberalismo es la corriente burguesa que mejor justifica fácticamente todo lo relacionado con el narcoimperialismo, con los cocadólares, con las relaciones intrínsecas entre el capital financiero y las “zonas grises”, alegales e ilegales  del capitalismo, de eso que cínicamente denominan “economía criminal”, como si no tuviera nada que ver con la estructural criminalidad capitalista. Pero el neoliberalismo es sólo el actual reverdecimiento de la vieja rama denominada por Marx como “economía vulgar” y que luego se conocería definitivamente como corriente marginalista y neoclásica.  Se trata de la otra rama del tronco común de la economía política burguesa que surge ya de  las primeras tesis presentes en Adam Smith (1723-1790), después en Malthus (1766-1834) y en Mill (1806-1873), pero que empieza a tomar consistencia en 1854 con Gossen y sus tres célebres “leyes” económicas sobre el utilitarismo, el consumo y la matematización, para aparecer ya definitivamente expuestas sobre todo por Jevons, Walras, Menger y Pareto a finales del siglo XIX. 

La importancia para el tema del narcoimperialismo de esta rama de la economía política burguesa radica en que ofrece a la fracción burguesa que se enriquece con las drogas una muy oportuna justificación coherente con el individualismo extremo típico de toda esta clase social enfrentada no sólo a las masas trabajadoras, sino también entre sí misma por la presión ciega y caníbal de la implacable competencia intercapitalista. A la burguesía nunca le ha quitado el sueño el hipotético remordimiento moral por los terribles efectos de las drogas, ya que, como veremos más adelante, todas ellas han sido integradas en el proceso entero de multiplicación del beneficio privado. Sí le quita el sueño hasta la exasperación saber que no se ha enriquecido todo lo posible por no haber mercantilizado el proceso completo de la producción, circulación, venta y contabilización de las ganancias obtenibles por las drogas.

El neoliberalismo y toda la corriente que le sirve de base previa no sólo funciona como una barrera protectora de la moral burguesa frente a las inhumanas consecuencias de las drogas, sino que, muy especialmente, elabora una ética pragmática y fría, el utilitarismo, que justifica todas las atrocidades imaginables si con eso aumentan el beneficio y la propiedad privada capitalista. La diferencia entre ética y moral es aquí muy importante, porque explica que algunos contados y suicidas burgueses tengan dudas morales individuales sobre el narcocapitalismo mientras que la clase capitalista en su conjunto, unitariamente, asuma y practique la ética utilitarista que justifica el egoísmo más depredador e insolidario. 

Pero, en síntesis, toda ética depende y está en función de los intereses a largo plazo de una clase social, en este caso de la burguesía, de manera que primero hay que descubrir sus necesidades materiales y luego descubrir cómo engarzan causa-efecto con la elaboración ética que le sirve de lubricante. El que algunos burgueses, muy pocos, sufran fugaces remordimientos morales sólo explica las diferentes funciones entre ética y moral dentro del capitalismo, nada más. Comprendemos así que frente a los pueblos del mundo, la burguesía aplique el utilitarismo más criminal en todo lo relacionado con las drogas buscando su exclusivo beneficio, utilizando sistemáticamente los instrumentos del Estado colonialista e imperialista desde finales del siglo XV, por no extendernos a las relaciones entre las llamadas “cruzadas” y algunas mercaderías que llegaban por la Ruta de la Seda desde China y el Extremo Oriente. 

También comprendemos que en sus feroces luchas intercapitalistas exigidas por la ley de concentración y centralización de capitales, las burguesías no dudan en utilizar las leyes que ella misma en cuanto clase ha dictado sobre las drogas empleándolas contra otras burguesías competidoras que obtienen sobreganancias que les dan ventajas extras en la irracional carrera por el beneficio máximo; así como tampoco dudan en saltárselas a la torera cuando pueden obtener esa ventaja en contra de sus competidoras. Veremos en las páginas que siguen cómo se desenvuelve semejante cinismo y doblez moral, siempre al amparo de la ética utilitarista.

No debe sorprendernos esta doble moralidad práctica dentro de una misma ética. La historia de la economía mercantil es inseparable de la historia de la corrupción, de la trampa y del engaño, de la mentira, de los grupos que incumplen las leyes existentes en su momento, etc. Hablamos de economía mercantil incluso en sus niveles más embrionarios e iniciales, en los que ya existían en los primeros mercados mesopotámicos de los que tenemos una relativamente amplia información gracias a las tablillas de barro cocido en las que con letra cuneiforme se detallan las precisas medidas de control administrativo para combatir el fraude, el engaño, el incumplimiento del contrato, los precios abusivos, etc. Los intentos de control han ido en aumento en la medida en que aumentaba la economía mercantil, y descendían cuando ésta retrocedía.

En la Edad Media muchas ordenanzas municipales estaban destinadas a impedir abusos del comerciante, por ejemplo, en el mercado de Bilbo se prohibía vender pescado tras la caída del sol para evitar que con la falta de luz natural se timase al comprador vendiéndole pescado en mal estado. Uno de los productos más vigilados eran los alcohólicos por la facilidad de edulcoración añadiéndoles agua, hierbas, azúcares, frutas, etc., exactamente lo mismo que sucede ahora con otras drogas a las que se le añaden determinados productos químicos.

Con la irrupción del capitalismo se agudizan estas prácticas y, lo que es muy importante para el tema que tratamos, surge una forma organizativa que lleva en su interior el germen de las posteriores agrupaciones empresariales que controlan con mil tentáculos y grupos todo lo relacionado con la mercantilización de productos tenidos por ilegales o que se consumen en el limbo de la alegalidad, es decir, todavía no son ilegales ni legales. Las compañías mercantiles semiprivadas y semipúblicas que empezaron a surgir en las ciudades del norte de Italia en el siglo XIV y XV, y que crecerían desde entonces expandiéndose por los principales Estados europeos, adelantan uno de los componentes esenciales –no todos- de lo que ahora son las grandes corporaciones y transnacionales que de un modo u otro, directa o indirectamente, están relacionadas con todas las formas de comercio alegal e ilegal, y el narcotráfico es sólo una parte de esos flujos interactivos.

Más aún, por la propia lógica mercantil, que exige la trampa para engañar al comprador, rápidamente se generalizó el rumoreo interesado de falsas noticias e informaciones sobre cuestiones económicas, hasta tal punto que una de las primeras disposiciones de la burguesía neerlandesa al conquistar su independencia nacional en el siglo XVII fue perseguir la mentira, la maledicencia, la difamación, etc., porque oscurecían la necesaria transparencia del comercio rentable, verdaderas tácticas de manipulación y provocación de errores que hoy son inseparables de la vida bursátil. Obviamente, se trataba de luchas entre fracciones diferentes de la burguesía. En una fase histórica capitalista en la que al final, en el momento de la contabilidad para saber si se había ganado o perdido dinero, en ese momento venía a ser lo mismo la piratería, el corso, el tráfico de esclavos y el comercio armado, apareciendo “zonas libres”  -las famosas islas de los piratas en la literatura de aventuras- que cumplían las mismas funciones que los actuales paraísos fiscales.

2.2.

Pero antes de seguir hay que dejar claro que el problema de las relaciones entre la corrupción inherente al capitalismo y al mercado con el narcotráfico y toda serie de ilegalidades es más grave de lo que se puede creer si lo reducimos estrictamente a la influencia justificadora de la rama neoliberal-marginalista-neoclásica-vulgar de la economía política burguesa, cada una con sus propias ramificaciones en las que no podemos extendernos ahora. Hay que tener en cuenta que hablamos de la rama de un tronco y que por tanto lo decisivo, además del tronco, son las raíces, es decir, la base estructural del modo de producción capitalista. Desde esta perspectiva, la única científico-crítica válida, vemos que ya en la primera rama del tronco, la mercantilista surgida en el siglo XV y dominante hasta la primera mitad del siglo XVIII, se veía normal y lógico el comercio de drogas y  también su valor de uso como arma de exterminio en las invasiones de pueblos no occidentales, lo que aumentaba su valor de cambio y por tanto su precio en el mercado. Desde entonces y hasta ahora se ha incrementado esta característica doble del mercantilización de las drogas, la económico-militar o viceversa según las circunstancias, mostrando cómo para descubrir su profunda conexión esencial con los intereses burgueses  es necesario emplear la lupa de la crítica de las políticas estatales de la clase dominante.

Aún así es necesario escarbar un poco más en las raíces del problema porque, como se demostraría con otra rama posterior de la economía política burguesa, la escuela fisiocrática sistematizada por Quesnay (1696-1794), su primera inquietud sobre la esfera o sector de la producción material especialmente en el campo, alimentación, carnes y bebidas, etc., tenía el mérito de empezar a superar la esfera de la circulación de lo producido para avanzar en la importancia de la esfera de la producción, la decisiva. Pues bien, como se demostraría posteriormente, el comercio de todo lo relacionado con las drogas, desde el café hasta las de diseño químico fabricado industrialmente por las grandes corporaciones y transnacionales capitalistas de la salud, pasando por el tabaco, el alcohol, el opio, etc., e independiente de su mercantilización  legal, alegal o ilegal, este comercio es sólo un momento en el proceso completo de la acumulación capitalista a escala mundial y en cada Estado burgués, en concreto.

Pero, como veremos en su momento, lo característico del capitalismo en toda esta problemática es que termina integrando la mercantilización de las drogas en una tercera esfera o sector o nivel, o como queramos denominarlo, perteneciente al proceso completo de acumulación, nos referimos al sector o a la esfera de medios de destrucción, nivel que produce un beneficio inmediato considerable pero que a medio plazo sólo causa pérdidas y destrucciones. Volviendo al tema que ahora nos interesa, hay que decir que el muy correctamente denominado “imperialismo ecológico” occidental -un ejemplo excelentemente trágico de lo que ha resultado ser la esfera de producción de bienes de destrucción, en este caso la esfera de la destrucción de la naturaleza- se ha basado, entre otras cosas, en la imposición forzada por la superioridad económico-militar, o viceversa, de enormes áreas de cultivo de drogas primero para el consumo occidental y luego mundial, para lo que se destruyeron las vitales plantaciones precapitalistas anteriores que garantizaban el sostenimiento de su poblaciones.

La burguesía no tuvo apenas remordimientos morales por la inhumana destrucción de las bases productivas y socioculturales de muchos pueblos, vitales para sus complejos lingüístico-culturales y para sus identidades colectivas. Una de las armas más efectivas en la destrucción completa de culturas era la introducción del alcohol allí donde era desconocido o la introducción de un alcohol de alta graduación obtenida con alambiques allí donde sólo se conocía el alcohol de fermentación natural y poca graduación. Fue un paso más en la larga historia del recurso a armas de exterminio biológico empleadas desde que surgió la guerra, cuando se envenenaban los pozos y reservas de agua, cuando se arrojaba carne podrida e infecta a las poblaciones asediadas para provocar epidemias mortales. Los conquistadores mezclaban el alcohol natural y bebible con otros productos resultando un veneno que producía ceguera y otras enfermedades. Muchos pueblos fueron exterminados de esta forma o destrozados y hundidos en la pasividad inerte del alcoholismo masivo. Pero el alcohol era sólo un arma más integrada en una estrategia genocida implacable.

De cualquier modo, si hubo algunos remordimientos por esos crímenes, y de hecho aparecieron algunas críticas menores como la denuncia de ciertos exterminios de naciones indias, fueron rápidamente racionalizadas por la ética utilitarista y eurocéntrica, según la cual la destrucción de las bases materiales y simbólicas precapitalistas era únicamente un paso necesario para acceder a la “civilización occidental”, un precio incómodo pero ineluctable. Más aún, no hacía falta que fueran invasiones de pueblos lejanos, bastaba que estuvieran muy cerca, como tuvo la desgracia de sucederle a la nación irlandesa que desde tiempos remotos sufría invasiones periódicas. El alcoholismo fue impulsado conscientemente por los invasores ingleses y tolerado por los colaboracionistas irlandeses como arma de opresión y pacificación. Mientras empeoraban las exigencias del ocupante, se talaban amplios bosques para la marina de guerra británica, se reservaban los mejores pastos para las ovejas de los terratenientes, etc., mientras sucedía esto, al pueblo irlandés se le facilitaba el consumo barato del alcoholes de alta graduación.

 

 

3. CAPITALISMO INDUSTRIAL, ALCOHOL Y OPIO

3.1.

El avance de algunos economistas políticos burgueses en la importancia de la esfera o sector de la producción, como la segunda escuela clásica sistematizada por David Ricardo (1772-1823) en plena fase de la expansión británica mundial tras la derrota estratégica de la burguesía francesa en 1815 en base a su superioridad industrial, no hizo sino acelerar la dinámica de explotación y expoliación de continentes enteros, arrasando sus formas tradicionales de vida e imponiéndoles otras formas incomprensibles para ellos, entre las que destacaban por su peso creciente la producción de toda serie de drogas. Recordemos, por ejemplo, la importancia del té en el empobrecimiento de la India hasta expulsarla del “club de los ricos” existente antes del siglo XVIII y durante de buena parte de ese siglo y hundiéndola en la dramática miseria posterior. Sin embargo, el ejemplo por excelencia del uso económico-militar, y viceversa, de las drogas por el capitalismo colonialista nos lo da la forzada introducción en la China del opio producido en la India dominada por Gran Bretaña, hasta que el gobierno chino empezó a frenar esa agresión, lo que dio una “justificación” a los británicos para sus espeluznantes invasiones sucesivas de China que deben considerarse como uno de los adelantos más estremecedores de lo que posteriormente será el narcoimperialismo.

Nos estamos refiriendo a las Guerras del Opio provocadas deliberadamente por Gran Bretaña para ampliar la salida mercantil a su creciente sobreproducción industrial y, a la vez, saquear la rica China y transferir esas riqueza a la burguesía británica. La excusa oficial para semejante crimen fue que el gobierno imperial chino se había opuesto a lo que Gran Bretaña definía como “libertad de mercado”. En realidad, Gran Bretaña necesitaba abrir urgentemente el gran mercado chino a los productos fabricados en su imperio y entre ellos al opio, cuya prodeucción aumentó considerablemente en amplias zonas bajo su dominación. Los británicos empezaron a introducir en China más opio del que se consumía hasta ese momento y el gobierno imperial de ese país, tras legalizar su consumo en 1836 para no irritar a los británicos, terminó imponiendo serias restricciones debido a los devastadores efectos sociales inseparables del consumo masificado de opio.

Gran Bretaña declaró la guerra a China en 1839 con la excusa de defender la “libertad de mercado” negada por la decisión china y la ganó en 1842, imponiendo en ese año las leoninas condiciones del Tratado de Nanking por el que China resarcía a Gran Bretaña con 21 millones de libras esterlinas de plata y con la concesión del estratégico puerto de Hong-Kong que será el principal nudo en la red asiática de las drogas. Como efecto de todo ello, el malestar social se expandió por China y en 1851 estalló la sublevación de los Tai-Ping en contra de toda una serie de injusticias y contra la presencia de los capitalistas occidentales. Fue un movimiento de recuperación nacional que se expresaba en claves religiosas y que llegó a crear un Estado propio en el sur de China que resistió hasta 1864. Pero sus ideales no desaparecieron sino que volvieron a tomar cuerpo en 1900 con la sublevación de los bóxers mantenida hasta 1911.

En 1855, los británicos invadieron nuevamente China para fortalecer su dominación y el Tratado de Tien-tsin de 1858 otorga a Gran Bretaña el control de nada menos que las siete octavas partes del comercio total de China y un aumento apreciable de la venta de opio británico. Sin embargo, en 1860 la burguesía occidental franco-británica ataca de nuevo, ocupa Pekín e incendia el Palacio de Verano, obteniendo nuevas concesiones chinas, que también son dadas a Rusia. Bajo estos permanentes ataques europeos y en medio de una crisis interna total, se multiplica el consumo del opio británico de forma que si en 1860 China le compraba 58.681 cajas de opio, en 1880 compraba 105.508 cajas de opio a la cristiana y civilizada Gran Bretaña. Semejante expolio hubiera sido imposible sin las correspondientes estructuras financieras situadas en el corazón mismo de la tragedia. En 1864, Gran Bretaña creó el Hong-Kong and Shanghai Bank destinado a financiar y lavar las ganancias del saqueo y del comercio del opio, además de otros negocios menores que servían de tapadera. Los efectos de esa agresión global extranjera incalificable fueron demoledoras para China, que pasó de ser un exportador nato a un importador dependiente, incapaz de mantener sus territorios, como sucedió en 1894 y 1898, mientras transfería forzosamente a los británicos grandes masas de capital sin las cuales Gran Bretaña no hubiera mantenido su hegemonía mundial con tanta facilidad.

Otro ejemplo igualmente estremecedor del uso de las drogas, el alcohol en especial, como instrumento de control social, alienación y desestructuración de las masas trabajadoras nos los ofrece la brillante investigación de F. Engels realizada en 1845 sobre la situación social de la clase obrera británica. En general, esta dura denuncia de las condiciones en que malvivían las masas trabajadoras británicas, en especial los trabajadores irlandeses y escoceses, por este orden, debido a la doble opresión que sufrían, la nacional y la social -también saca a la luz la triple opresión de las irlandesas y escocesas emigradas en Inglaterra: la de sexo-género, la nacional y la clasista. Esta crítica debe aplicarse también al resto de los Estados capitalistas durante los largos decenios de la industrialización. El alcohol fue una droga que en aquellas condiciones insufribles de explotación y desarraigo, garantizó -junto a otros instrumentos-  la suficiente desestructuración de la vida cotidiana de las masas, el aumento de la violencia intrafamiliar y de sexo-género, la pasividad de las clases trabajadoras emigrantes que ahogaban etílicamente sus frustraciones, el desprecio chauvinista y racista de los trabajadores ingleses contra los emigrantes, etc.

A medida que el capitalismo se acercaba a su fase imperialista, e incluso antes,  la lucha de clases interna daba un salto en su reivindicación al desarrollarse las primeras fábricas industriales, se extendía por toda la sociedad burguesa un proceso triple consistente, primero, en el empeoramiento de las condiciones de vida de las masas trabajadoras y por ello mismo un aumento del consumo masivo de drogas sustitutivas como el alcohol para las masas y el opio para la burguesía; segundo, las reflexiones iniciales de sectores burgueses sobre la conveniencia de algunas reformas asistenciales y sociales, más que nada para acelerar la recuperación física de la agotada fuerza de trabajo y quitar presión al malestar obrero, con lo que se abría el camino a la seguridad social y con ella al problema del uso legal de drogas diferentes para lo que se exigía la industrialización tanto de la medicina científica y química como de la salud obrera y, tercero, el aumento de las contradicciones interimperialistas que darían paso a la guerra mundial de 1914-1918.

Por ejemplo, en la Euskal Herria de finales del siglo XIX y comienzos del siglo XX, cuando tras la derrota vasca en la guerra defensiva de 1872-1876 se liquidaron las últimas barreras aduaneras existentes desde tiempos inmemoriales, de modo que desde entonces la parte de Euskal Herria bajo dominación española tuvo que abrir definitivamente y sin defensa alguna sus tiendas y tabernas a los alcoholes sobrantes en el Estado español. Además de hundir en la miseria grandes áreas de producción de sidra, txakolí y vinos de baja graduación, se sentaron las bases para que el alcoholismo se propagara en las miserables condiciones de la sobreexplotación de finales del siglo XIX y comienzos del XX, que no desaparecería desde entonces.

La invasión española desestructuró todos los sistemas de regulación social anteriores y ayudó a esa desestructuración con sus decisiones que dieron nacimiento a las zonas industriales en las que se amontonaban masas de emigrantes y trabajadores autóctonos en medio de un contexto de salvaje explotación y acumulación originaria de capital. Estos espacios de sobreexplotación social, protegidos de las resistencias obreras por la opresión nacional y la ocupación militar, fueron sometidas a otra invasión de drogas, del alcohol duro y de mala calidad, destinado a adormecer el malestar popular. Verdaderas mafias de pistoleros al servicio de la patronal vasca imponía la tiranía cotidiana con el visto bueno de las fuerzas represivas españolas. La generalización del alcoholismo iba unida a la ley de la selva, y las incipientes organizaciones obreras y sindicales debían sortear múltiples prohibiciones y obstáculos, muchos de ellos extralegales y hasta caprichosos aplicados por cada patronal.

Sobre esta base de pandillismo, drogodependencia, opresión y explotación se multiplicaban los beneficios de la burguesía vasca exportadora de mineral de hierro, pasando a ser más tarde una burguesía industrial-financiera. Sin embargo, otras fracciones burguesas y hasta sectores de la burguesía minero-industrial comprendieron que, bajo la presión obrera, les convenía ordenar un poco el caos, desarrollar algunas asistencias sociales pactadas en cada empresa, impulsar asociaciones religioso-femeninas -no feministas- para mejorar las condiciones de explotación patriarcal dentro de las familias obreras e iniciar una lucha exclusivamente privada contra el abuso del alcohol. O sea, surgió la misma reflexión oportunista que se había mantenido en todo el capitalismo sobre si era mejor la sobreexplotación masiva que rendía altos beneficios en poco tiempo, pero que, por un lado, agotaba rápidamente la fuerza de trabajo con lo que se reducían los beneficios a medio y largo plazo y, por otro lado, terminaba concienciando a la clase trabajadora o si resultaba más rentable a medio plazo adelantarse a la crisis, introducir algunas reformas, beneficiar especialmente a algunos sectores obreros, etc. Pero no se redujo apenas el abuso del alcohol.

La experiencia vasca entraba dentro de la experiencia capitalista, agravada por la opresión nacional impuesta por la invasión española. La causa directa del aumento del consumo de drogas en esta época radica en el hundimiento más o menos brusco, en poco tiempo a escala histórica larga, de la cotidianeidad de vida todavía anclada de alguna forma en las costumbres campesinas y artesanales, apenas pequeño burguesas, debido al avance arrollador de la vida bajo la dictadura del salario, del malvivir en las barriadas pestilentes e insalubres, en la desaparición de un mundo en el que el tiempo con todas sus expresiones cotidianas, festivas, culturales, amorosas, mortuorias, etc., se vivía en respuesta a exigencias productivas y reproductivas, mayoritariamente campesinas, muy diferentes por no decir opuestas a las capitalistas. Masas expulsadas del campo, expropiadas de todo su pasado y recursos de vida independiente, y obligadas a venderse por una miseria de salario al patrón de otra zona a la que han tenido que emigrar o de la ciudad cercana.

3.2.

Además de otras drogas de menor consumo y de acceso exclusivo de la burguesía, tales como el opio, tres fueron las empleadas masivamente por las masas obreras como recurso escapista: el tabaco, el alcohol y la religión, el café todavía era caro. Rápidamente, dentro del socialismo surgieron críticas agnósticas o ateas dirigidas a reducir el consumo del opio religioso y a luchar contra su apología hecha por las iglesias no católicas, por el “socialcristianismo” y por el Vaticano. También desde el socialismo se inició la lucha contra el alcoholismo y sus efectos con la publicación de revistas, semanarios, conferencias y hasta prácticas concretas dirigidas por grupos de médicos progresistas y críticos. Contra el tabaco se luchó poco porque se desconocían sus criminales efectos sanitarios, pero también recibía críticas. El café era muy valorado porque permitía mantener mal que bien la lucidez en las largas y agotadoras jornadas de trabajo asalariado.

En este contexto, la ideología marginalista y neoclásica, el utilitarismo individualista, daba una excusa aplastante a una burguesía atenazada por el movimiento obrero interno, por las crecientes luchas anticoloniales y por las también crecientes contradicciones interimperialistas. No había masas y menos aún clases sociales, había individuos fracasados, podridos por los vicios de la vagancia, embrutecidos por el alcohol, que sólo respetaban la ley del más fuerte. Fueron los años de la aparición de la sociobiología, del racismo y eurocentrismo y del darwinismo social. Ahora bien, también fueron los años de integración de una buena parte del movimiento obrero internacional en el nacionalismo de las burguesías imperialistas, como se demostraría en el verano de 1914.

Para alienar a los trabajadores en el nacionalismo imperialista había sido muy efectiva la política de reformas sociales y salariales asentadas, en buena medida, en el aumento del beneficio interno por el incremento de la producción industrial y en las sobreganancias imperialistas, lo que hizo que la burguesía dejara caer los restos de sus festines primero a la aristocracia obrera y después a las restantes franjas de trabajadores. Interesa constatar en este sentido que buena parte del movimiento obrero asumió la ideología individualista y utilitarista burguesa dominante y esencial al nacionalismo capitalista. Los obreros de un Estado se comportaban como utilitaristas e individualistas en busca de su mínimo beneficio extra obtenido de los obreros del Estado burgués enemigo mediante la violencia, y no hace falta decir cómo se comportaban en contra de los pueblos oprimidos por sus Estados.

La guerra de 1914-1918, como todas las guerras, tuvo efectos multiplicadores en el consumo de drogas. Los Estados aumentaron la producción industrial-militar, lo que exigía sobrecargar la fuerza de trabajo con el consiguiente aumento del consumo de drogas de todo tipo. Las tropas eran drogadas con alcohol de alta graduación antes de los ataques a las trincheras enemigas, en las enfermerías de campaña se recurría masivamente al opio y a la morfina para paliar los dolores de las heridas, el alcohol blando y duro, el tabaco, el café y la religión eran de consumo masivo entre las batallas. La industria química creó nuevas drogas para estas necesidades capitalistas. Los efectos de este abuso continuado pero imprescindible se empezaron a sentir antes de acabar la guerra porque las drogas no lograron aniquilar las lógicas inquietudes de las masas y menos aún borrar el vital instinto de supervivencia, el miedo a la muerte. En 1917 estallaron protestas y motines en muchos ejércitos aliados y las revoluciones de febrero y de octubre en Rusia, mientras también se debilitaba la moral de lucha de las tropas germánicas. Las causas de estas crisis fueron profundamente sociales, ante las que de poco servían las drogas. En el frente occidental, la respuesta aliada fue una mezcla de represión suave, castigos más duros y concesiones materiales.

En Rusia la respuesta zarista fue la represión salvaje, lo que precipitó el masivo descontento de las tropas y de parte de la suboficialidad, lo que unido a la crisis social rusa y al buen trabajo concienciador realizado por los bolcheviques, aseguró la victoria revolucionaria. Sin embargo, la gravedad trágica del problema de la drogodependencia socialmente masiva aparecería al desnudo cuando las fuerzas reaccionarias zaristas abrieron sus bodegas selectas y las reservas de alcohol para ahogar etílicamente la revolución. La dirección bolchevique no dudó un segundo y destacamentos armados extremadamente fieles destruyeron esa arma de exterminio biológico, destrozando bodegas y desparramando por alcantarillas y suelos miles de litros. Los primeros años revolucionarios, que precisamente fueron los más duros y llenos de sacrificios, lograron sin embargo una reducción de la pandemia alcohólica de las masas rusas, debido a los avances cualitativos en los derechos sociales y al espíritu nuevo reinante.

Pero aún así permaneció latente la costumbre escapista de recurrir a la droga para no enfrentarse a la realidad, y conforme la burocracia posrevolucionaria aumentaba su poder, reprimía a los revolucionarios y liquidaba la democracia socialista, ascendía también el alcoholismo ruso, que terminó siendo una forma muy efectiva de obtener impuestos indirectos por el Estado. Con la degeneración burocrática imparable, los efectos destructores del vodka llegaron a tal nivel que una de las primeras medidas de la perestroika fue intentar prohibir su fácil adquisición, regular su venta y cortar el aumento de su ingesta. Pero fracasó porque la sociedad no podía ofrecer ninguna otra alternativa mejor, porque surgieron mafias del vodka edulcorado y porque se reinstauró el capitalismo.

3.3.

Mientras duró la revolución bolchevique, hasta finales de la segunda mitad de la década de los años veinte del siglo XX, se demostró que otro régimen social opuesto al capitalista podía avanzar a pasos de gigante en la superación de las causas de la drogodependencia, sobre todo teniendo en cuenta las terribles condiciones en las que tuvo que sobrevivir. Esta experiencia sería más tarde confirmada por otros procesos revolucionarios triunfantes, como fue el proceso chino de toma de conciencia nacional y de los efectos mortales de la imposición del opio por la Gran Bretaña posteriormente reforzada por otras amenazas y por invasiones occidentales, a las que hemos hecho referencia. Las masas chinas se enfrentaron a su propia dinastía imperial y a los ocupantes; uno de sus objetivos preferidos eran, además de las empresas, embajadas y legaciones occidentales, las casas de consumo de opio y las iglesias cristianas, lugares de desnacionalización, alienación e información de los servicios secretos. La vergüenza nacional china por la claudicación de su dinastía ante el opio y otras exigencias capitalistas occidentales fue uno de los factores que más aceleraron el avance del republicanismo en la incipiente burguesía y del socialismo en el incipiente proletariado y en el campesinado rebelde, procesos que avanzaron a comienzos del siglo XX hasta llegar a los decisivos últimos años de la década de 1920.

Estas y otras experiencia revolucionarias contrastan claramente con el fracaso estrepitoso de la burguesía norteamericana para erradicar el mismo problema y en la misma época. En 1920, Estados Unidos decretó la famosa Ley Seca o de Prohibición destinada a combatir tanto el alcoholismo que se había extendido por causas sociales fáciles de comprender, entre ellas la derrota del movimiento obrero organizado en sindicatos a causa, entre otras, del masivo terrorismo empresarial llevado a cabo por pandillas mafiosas, como del aumento vertiginoso del consumo de opio en las clases propietarias. En la primera cuestión, la burguesía yanqui no tuvo ningún problema en recurrir a asesinos mafiosos para liquidar a dirigentes sindicales contando con el beneplácito policial. Hay que decir que en la historia de la lucha de clases en este país, la burguesía nunca tuvo remordimiento alguno en crear sus propias organizaciones armadas paralegales, estrechamente vinculadas con las legales, para aplastar al movimiento obrero; más aún, cuando estas fuerzas no eran suficientes la patronal contrataba a las mafias. En la segunda, el consumo de opio, los problemas quedaban dentro de cada familia burguesa.

Existía pues una sólida alianza entre partes de esas mafias y sectores burgueses, lo que explica que una vez decretada la Ley Seca o de Prohibición, casi de inmediato aparecieran las mafias que amasaron impresionantes fortunas, que se relacionaron con otros negocios ilegales o legales y que corrompieron todavía más la ya agujereada administración yanqui. Las mafias norteamericanas se aliaron con las mafias británicas para surtirse del alcohol escocés y canadiense, y del opio asiático controlado por la burguesía británica desde sus puertos de Hong-Kong y Shanghai. Naturalmente fueron los bancos británicos los que controlaron la mayor parte del proceso de lavado del dinero sucio obtenido con ese negocio. Sobre esta base productiva ya mundializada se creó toda una extensa y ramificada red de garitos de juego y apuestas, de locales de prostitución, de bares y restaurantes, de infraestructuras deportivas para el boxeo, hípica, canódromos, etc., imprescindibles para aumentar el consumo ilegal, para centralizar la recogida del beneficio y para justificar muchas inversiones del dinero aún sin lavar o ya blanqueado. Es obvio que semejante estructura exigía una muy alta corrupción policial, política, judicial y periodística, así como del trabajo de expertas consultorías de abogados.

La crisis económica de 1929 dio nuevos bríos a estas prácticas y negocios porque eran los únicos que garantizan el orden de explotación y, en lo económico, tenían una demanda en ascenso causada por el deterioro de las condiciones de vida. Sin embargo, en 1933, el gobierno de Roosewelt suspendió la Ley Seca. Básicamente, hay tres razones que explican esta decisión. Una, la codicia de la burguesía yanqui con negocios legales que veía cómo se enriquecían las mafias del alcohol y otras drogas, mientras ella justo podía recuperarse del desastre de 1929: había que abrir el mercado del alcohol aunque se contradijeran todas las grandiosas declaraciones de 1920. Otra, introducirse en el negocio internacional de las drogas, controlado mayoritariamente hasta entonces por las mafias y la burguesía británicas, para lo que se requería un nivel de control estatal yanqui que sólo se obtenía mediante la legalización. Además, también se trataba de recuperar parte de ese dinero para el Estado mediante los impuestos legales, un Estado que necesitaba aumentar sus arcas enflaquecidas por la crisis de 1929 y lanzado a una política de gasto público para reactivar la producción y el consumo, reducir el paro y contener el malestar social.

En la Europa occidental sacudida por la oleada de revoluciones y contrarrevoluciones posteriores a 1917, las burguesías tampoco dudaron en crear grupos armados en los que tenían inmediata cabida excombatientes reaccionarios y criminales del hampa pertenecientes o no a organizaciones criminales. Estos grupos que hasta entonces apenas se habían relacionado con la burguesía en cuestiones estrictamente políticas, aunque sí en los negocios de prostitución, drogas, robo de obras de arte, blanqueo de dinero y tráfico de armas, etc., pasaron de ahora en adelante a ser más que aliados en la lucha contrarrevolucionaria: se fusionaron con las fuerzas armadas especiales de los movimientos nazifascistas.

 

En el Estado español, por ejemplo, los peores asesinos en serie de las bandas falangistas que mataban por millares desde simples demócratas hasta revolucionarios consecuentes, provenían de las propias filas de falangistas, pero también de criminales sacados de las cárceles y de los bajos fondos, de modo que se crearon poderosos grupos internos al franquismo dedicados al robo descarado y público, a la expropiación de bienes ajenos, etc., y que formaron las pandillas de matones que actuaban al lado de las policías en la represión de las luchas sociales, y veremos cómo el PSOE recurrirá a ellos nuevamente para crear el GAL en su terrorismo de Estado contra Euskal Herria. Lo mismo sucedió en América Latina sometida a la alianza sanguinaria entre sus burguesías reaccionarias y el imperialismo yanqui. De un modo u otro en estas alianzas siempre aparecía el uso de las drogas con fines múltiples, lo mismo que aparecía el uso de la prostitución como arma de los servicios secretos para obtener información y chantajear.

 

4. CAPITALISMO IMPERIALISTA Y KEYNESIANISMO

4.1.

Una apreciación correcta de las lecciones de Rusia, China, Estados Unidos, Europa occidental, Latinoamérica, etc., nos exige ubicarlas en la fase histórica del inicio de las contradicciones imperialistas mundiales y no sólo en las contradicciones locales o regionales. El desarraigo social masivo, la destrucción de las costumbres sociales de vida colectiva, la desaparición de la seguridad vivencial que éstas y otras estructuras garantizaban, más la imposición de la explotación asalariada fabril o del trabajo campesino explotado por las grandes multinacionales de la alimentación, éstos y otros fenómenos fueron introducidos por el imperialismo o multiplicados si ya existían antes,  tanto en el llamado “tercer mundo” como en el supuestamente “primer mundo”.

El capitalismo de las fases mercantil y manufacturera había generado los mismos problemas en esencia, pero  la fase  imperialista además de reforzarlos creó otros nuevos, como fueron el aumento de la ansiedad e incertidumbre por la generalización de las guerras, por la vuelta del paro estructural desde 1929, por la frustración que surge de ver los escaparates llenos de ofertas fabricadas en serie y saber que no se tiene dinero para comprarlas porque todavía no se había desarrollado apenas la compra a crédito, por los celos y miedos machistas de los hombres al aumentar el trabajo asalariado de las mujeres fuera del domicilio, por las mecánicas rutinarias de la cadena de producción que ya se estaba aplicando en las fábricas, etc.

Lo que se estaba produciendo era la definitiva mercantilización de las drogas, es decir, que habían dejado de ser una cosa más que se consume de vez en cuando, que puede ser bien o mal vista según los casos y que por ello permanece dentro de la esfera de la circulación y del consumo de segunda, para pasar a ser un producto imprescindible para el buen funcionamiento relativo de la explotación capitalista y del beneficio que produce. Este salto decisivo, o si se quiere, la subsunción real de las drogas en la lógica de la acumulación, se produjo en estos años en los que el capitalismo endurecía viejas contradicciones y creaba otras nuevas. Una de las condiciones previas necesarias para el salto del narcocapitalismo al narcoimperialismo radica en esta subsunción real de las drogas en la lógica de la acumulación, pero todavía serán necesarias otras condiciones que se satisfarán más adelante, como veremos.

Además, esta subsunción se realizó en el mismo proceso de militarización del capitalismo imperialista, es decir, e insistiendo en una característica crucial que se agudizará con los años, en el hecho de que las burguesías más poderosas quieren y necesitan -en la burguesía, esta dialéctica entre la libertad y la necesidad se viven dentro de la dialéctica entre el racionalismo utilitarista e individualista y el irracionalismo estructural y objetivo del modo de producción capitalista- generar una tercera esfera o sector productivo, el de los bienes de destrucción, es decir, el armamentismo imperialista, que desde sus orígenes nació esencialmente unido al intervencionismo estatal y a las inversiones en armas de los capitales sobrantes. La mercantilización de las drogas, que se inicia en este período, llegará a ser parte interna del sector de producción de bienes de destrucción a finales del siglo XX, como veremos en su momento.

Pero además de este proceso que había empezado antes del período de entreguerras de 1918-1939, también en estos años se produjeron dos transformaciones muy importantes en la sociedad capitalista y que tienen estrechas relaciones con la mercantilización de las drogas. Una fue que las recuperaciones posteriores a la guerra de 1914-1918 permitió que aumentase tanto el capital financiero que rápidamente empezaron a surgir los primeros “paraísos fiscales”, centro decisivos en todo el problema de la “economía criminal”, como veremos más adelante. A partir de 1920 ya empiezan a operar estos centros tramposos -islas de Man, Las Bahamas, Liechtenstein, Suiza, Luxemburgo...- que crecerán tras la crisis de 1929 y darán otro salto importante a partir de 1945. No es casualidad, sino todo lo contrario, que en octubre de 1931, el mafioso Al Capone pudiera criticar sin pelos en la lengua la doble moral de la banca norteamericana, que engañaba legal y premeditadamente a sus clientes para hundirlos en la miseria tras sacarles todos sus ahorros; tampoco es casualidad que fuera en 1939 cuando en Estados Unidos se inventó el concepto de “delitos de cuello blanco”, es decir, los cometidos por la alta burguesía al amparo de su propia legalidad.

La otra fue que  en esta época se sentaron las bases de la corriente de la economía política burguesa que sin superar las limitaciones insuperables de la ideología burguesa, pretende encontrar una solución a las crisis recurrentes del sistema. Keynes (1883-1946) avanzó más allá de lo que habían hecho hasta ese momento otros intelectuales burgueses y en especial algunos teóricos de la socialdemocracia. Con respecto al tema que nos ocupa, el keynesianismo -con el apoyo de la socialdemocracia- sentó las bases para un intento de tratamiento menos irracional del problema de las drogas al crear una política asistencial en la que la salud obrera era asumida por el Estado y esto se llevo a cabo en un momento de retroceso de la corriente marginalista. Aún faltaban años para su recuperación bajo la forma neoliberal, pero las tendencias de fondo del capitalismo ya estaban presionando como veremos en su momento.

Antes de llegar a esa fase, conviene recordar que inmediatamente después de acabar la guerra de 1939-1945, los sectores más reaccionarios defensores de lo que ahora denominamos neoliberalismo crearon una asociación privada, y apenas conocida, destinada a preparar las condiciones de su victoria futura. Hay que insistir en esa decisión porque muestra que nada en el capitalismo está exento de la intervención política de las fuerzas sociales. Además, por estas fechas se crearon varias asociaciones, grupos e instituciones privadas formadas por empresarios y políticos aliados pero que también habían participado muy activamente en el bando nazifascista y militarista japonés; colectivos de planificación y presión que se inscribían dentro de la estrategia global yanqui diseñada desde 1944 y oficializada con el nombre de Bretton Wood.

4.2.

El keynesianismo no pretendía acabar con las drogas y con la amplia “economía criminal” que iba en aumento en el interior de la burguesía, sino sólo con aquellas que no podían entrar en la economía “visible” capitalista, bajo la lupa de la contabilidad estatal, en suma. La política keynesiana de salud pública, por el contrario, se basaba en el recurso sistemático a muchas drogas químicas destinadas a recomponer en muy poco tiempo la capacidad psicosomática de la fuerza de trabajo. La masificación de los psiquiátricos sirvió para apartar de la sociedad productiva a quien pudiera obstruir su funcionamiento; la proliferación de centros de control psicológico en las empresas públicas y privadas, en los ejércitos y hasta en las universidades, sin olvidarnos de las prisiones, buscaba el mismo objetivo, como lo buscaban también las múltiples consultas psiquiátricas y psicoanalíticas en la llamada “sociedad civil” destinadas a vigilar la salud mental de unas gentes que deberían creerse que vivían ya en el “mundo feliz” del desarrollo y del pleno empleo eternamente estable.

Las transnacionales de la salud industrializaron la producción en serie de analgésicos, euforizantes y antidepresivos, barbitúricos, sedantes, opiáceos semisintéticos, etc. Después de 1945, el capitalismo occidental levantó una imagen de “mundo feliz” en el que además de tenderse a la “extinción de las clases”, también se caminaba al control científico del ser humano como única garantía de su felicidad y de la seguridad de la “democracia occidental”. Desde la sociología hasta la medicina, todo estaba orientado hacia la obtención del máximo beneficio en un marco de paz social.

La insistencia del keynesianismo en las cuentas públicas exigía la vigilancia policial más eficaz posible sobre todos los negocios para que no se le escapara ningún impuesto a un Estado que invertía grandes sumas en el gasto público, pero sobre todo en el militar y en el apoyo decisivo a las infraestructuras capitalistas, así como al consumo selecto de la clase dominante. Además, la economía capitalista marchaba bien entre otras cosas por las inmensas inversiones en el sector primario, el de producción de bienes de productos, urgentes para reconstruir todo lo destruido durante la guerra de 1939-1945, y luego, cuando éstas empezaron a decrecer, por las inversiones inmensas en el sector secundario, el de producción de bienes de consumo y de servicios, vitales para agilizar las ventas de las cada vez más mercancías sobrantes.

Por último, sin extendernos, la militarización inherente al keynesianismo absorbía los restos de capitales sobrantes que no se habían invertido en los dos sectores anteriores. Más aún, el Estado keynesiano llevaba una política de déficit público destinada a facilitar la iniciativa burguesa, trasladando las deudas de los empresarios al déficit público. En estas condiciones apenas había espacio para la especulación financiera y para los negocios alegales e ilegales, por la simple razón de que eran más rentables los legales, recibían más ayudas que los impuestos que tenían que pagar, y en cualquier caso tenían más mercados de venta del que disponían los negocios ilegales.

Sin embargo, dentro del keynesianismo vivía con mucha holgura una fuerte corrupción interna, en la que las mafias de todo tipo se entremezclaban con las burguesías de la construcción inmobiliaria, del turismo y en general del sector servicios. Más aún, si comprendemos, desde una perspectiva más amplia, que el keynesianismo fue únicamente el nombre más conocido dado a una estrategia burguesa de intervensionismo estatal planificado sobre la economía, con diferentes formas e intensidades según los países, para paliar las contradicciones sociales, etc., comprendemos más fácilmente las relaciones entre la corrupción y las mafias con el poder de una burguesía intervensionista, lo que se comprueba con dos ejemplos.

Uno, Italia, un punto especialmente débil del orden norteamericano en la Europa posterior a 1945 por la fuerza de sus movimientos revolucionarios en un lugar geoestratégico para el imperialismo yanqui,  se gobernó durante varios decenios mediante el pacto estratégico de la Santísima Trinidad: la democracia cristiana, la mafia y la camorra, y el Vaticano, pacto protegido de cerca por la embajada de Estados Unidos y por el cuartel de la OTAN. En plena guerra de 1939-1945, Estados Unidos negociaron con capos mafiosos italo-americanos la ayuda que estas fuerzas criminales darían a los norteamericanos para debilitar a los alemanes, pero sobre todo para destrozar a las poderosas guerrillas comunistas y asentar el gobierno de la burguesía italiana que hasta el día antes de la retirada alemana había sido fanáticamente fascistas durante años. Desde entonces las mafias han sido elementos decisivos de la «democracia» italiana y dentro de ella.

El otro ejemplo es el de Estados Unidos que  también gozaba de una alianza entre sectores mafiosos y los sectores más reaccionarios de la burguesía yanqui, que venía de mucho antes como hemos visto, pero que se vuelve a confirmar ahora con en el asesinato de Kennedy, en la permanente agresión a Cuba y en concreto en el intento de desembarco en Bahía Cochinos, en las irrompibles relaciones entre mafias y contrarrevolucionarios cubanos en Florida y en otros sitios. Posteriormente veremos cómo la decisión estadounidense de recurrir a las mafias para sufragar con el dinero de las drogas el rearme de fuerzas contrarrevolucionarias en muchos lugares del planeta, precipitaría el florecimiento de la economía “criminal” dentro del capitalismo. Fueron estos grupos los que también crearon sus redes de comercialización de la droga que se producía en el Sudeste Asiático -Birmania, Cambodia, Laos...- y que vía Vietnam del Sur llegaban a Estados Unidos y, desde ahí, era parcialmente destinada a las agresiones a Cuba a lo largo de varias etapas.

Es, precisamente, después de 1945 cuando Estados Unidos inicia su ataque a las formas tradiciones de producción de coca en Latinoamérica, con la excusa de la lucha contra el comunismo en países como Perú, Bolivia, Colombia y otros. Se ha intentado justificar esta intromisión yanqui con la tesis de que quería avanzar en la lucha contra el consumo de drogas que se incrementaba en el interior de su país y a la vez humanizar las condiciones de vida de las masas campesinas sudamericanas. Hay que saber que la burguesía yanqui tenía mucho miedo a las consecuencias que podía acarrear el fin de la guerra de 1939-1945 a causa del retorno de los soldados a su país, a causa del sobrante de cientos de miles de mujeres que habían entrado a trabajar en las fábricas durante la guerra y tendría que volver al “dulce hogar”, a causa de los sobrantes improductivos de muchas fábricas, etc.; ante estos miedos había que buscar el control interno y la salida de capitales propios al exterior, además de los que ya se establecían en Europa.

Mirando a su “patio trasero”, Estados Unidos necesitaba frenar el malestar social creciente y desestructurar a las masas campesinas, fortalecer las fracciones reaccionarias de las burguesías y debilitar a las progresistas, crear en Latinoamérica ejércitos mafiosos fieles a las transnacionales yanquis, etc., todo ello para facilitar una nueva ofensiva imperialista. La destrucción de las formas tradiciones de producción de coca, asentadas en los consumos cotidianos, culturales, rituales, etc., asestaba un duro golpe a la centralidad histórica del campesinado y a la vez debilitaba toda una estructura social controlada por una burguesía autóctona que podría resistirse a las exigencias imperialistas. Junto a esto, determinados capitales yanquis podrían dominar el comercio de la coca. Estados Unidos no tenía ningún rubor en lanzarse a esa agresión porque lo mismo había hecho en Italia con la mafia, como hemos visto. La política yanqui por el control de la producción de coca se endurecería con la revolución cubana de 1959 que asestó un golpe mortal a las mafias que operaban en la isla, vitales para el mantenimiento de la dictadura de Batista y, mediante ella, del poder absoluto de Estados Unidos sobre el pueblo cubano.

4.3.

Durante esta fase, las mafias se movían aún dentro de unos márgenes bastante reducidos si los comparamos con los actuales. El pistoletazo de salida en la carrera por ampliar sus negocios hasta lo insospechable se produjo cuando durante la década de los los setenta las diversas burguesías fueron abandonando el keynesianismo y optando por el neoliberalismo en respuesta a la crisis estructural del capitalismo gestada en la década de los sesenta y que estalló a finales de esa década y comienzos de la siguiente. Fue una decisión político-económica destinada a sacrificar las conquistas sociales y la calidad de vida que garantizaban a la mayoría de la población, la que trabaja asalariadamente, sacrificio que estaba destinado a saciar el egoísmo utilitarista burgués enfurecido por la caída tendencial de su tasa de beneficios. Una decisión político-económica porque además de los cierres de empresas, reducciones salariales, desmantelamiento de conquistas sociales, etc., aplicados desde entonces, los Estados también aplicaron represiones y restricciones de derechos sociopolíticos y recurrieron a una forma de guerra biológica no definida como tal por las convenciones internacionales, pero terriblemente destructora como es la utilización estatal de las drogas para exterminar a militantes revolucionarios y debilitar a pueblos resistentes. Ya hemos hablado antes del uso del alcohol como arma de exterminio de pueblos precapitalistas a manos de los invasores occidentales, dentro de una práctica militar de usar armas biológicas que nos remite a la edad antigua.

La utilización político-militar por el Estado de drogas definidas como ilegales por ese mismo Estado, es una costumbre que se incrementó en la década de los sesenta del siglo XX contra determinados procesos revolucionarios internos y externos. Estados Unidos, por ejemplo, no hicieron nada para cortar el uso del alcohol envenenado contra las naciones indias, ni tuvo ningún escrúpulo en utilizar a las mafias contra el sindicalismo obrero, como hemos visto; pero al avanzar la década de los sesenta varios movimientos de protesta coincidieron en una poderosa corriente contestataria: la emancipación de las mujeres, un nuevo movimiento obrero, las reivindicaciones etno-nacionales de muchos pueblos y en especial de las masas negras descendientes de los esclavos, la oposición a la invasión de Vietnam, el apoyo de muchos sectores a Cuba, una nueva oleada de creatividad cultural crítica, etc.

En este contexto, el Estado yanqui empleó las drogas como arma política de delación y represión, pero también de destrucción física de militantes. Una mención muy especial hay que hacer aquí a la deliberada política de introducir la nueva droga química denominada crack en los barrios conflictivos, especialmente en los neoyorkinos del Bronx y Harlem para destruir al poderoso movimiento negro y a la vez recaudar dinero para sufragar las agresiones a Irán y Nicaragua.  El Estado italiano también inundó con drogas duras y blandas las zonas urbano-industriales en las que abundaban las organizaciones armadas que durante los setenta y comienzos de los ochenta se enfrentaron a la burguesía, y el uso policial de la droga acompañaba al desmantelamiento industrial, al cierre de empresas y a la precarización social: se trataba de quitarle el agua al pez, de destruir las bases sociales que multiplicaban la fuerza de las organizaciones armadas.

Euskal Herria ha sido y es uno de los pueblos más sometidos a la interacción planificada de toda serie de armas opresivas. Durante los últimos años de la dictadura franquista comenzó a aparecer por las calles vascas una gama de drogas ilegales denominadas “blandas” pero también otras como la heroína y la LSD. Inicialmente pasaron desapercibidas para la mayoría de los colectivos afectados por el problema las relaciones entre ese creciente alubión de drogas y las omnipresentes fuerzas represivas españolas, pero rápidamente surgieron las primeras dudas y al poco tiempo las primeras certidumbres sobre todo al comprobar cómo la heroína circulaba con total impunidad precisamente en la zona europeo-continental con más densidad de policías por habitantes.

Durante los años ochenta se autoorganizó un influyente movimiento popular que puso al descubierto las conexiones entre las mafias de las drogas y la represión española, mientras que se sucedían movilizaciones, denuncias y luchas prácticas especialmente contra la heroína, causante de que pueblos determinados de Euskal Herria tuvieran la más alta densidad de infectados por el virus del VIH de todo Europa. Además de las drogas, el Estado español también recurrió a las peores mafias internacionales para crear el GAL y con el directo e imprescindible apoyo del Estado francés, asesinar a ciudadanos vascos. Las mafias internacionales jugaron contra Euskal Herria el mismo papel que habían jugado contra otras clases y naciones oprimidas, papel imposible de realizar sin la intervención del terrorismo estatal.

Dos características eran comunes a estos pueblos: la mayoría independentista vasca en ellos y el que la introducción de la heroína se orientaran hacia las zonas donde abundaba la izquierda independentista vasca. Como en Italia y en otros muchos países, esta ofensiva de la droga en Euskal Herria también se libraba en un contexto de desindustrialización y paro creciente. Una vez derrotada la heroína en su principal objetivo de ataque, se produjo a mediados de los noventa una cierta desmovilización popular en esta problemática, lo que fue aprovechado por el poder para iniciar otra ofensiva con nuevas drogas, especialmente las de diseño químico, la cocaína, nuevos abusos del alcohol y nuevas formas de drogarse con heroína, supuestamente menos peligrosas. Pero antes de extendernos en esta fase actual y última  debemos analizar algunas cuestiones previas.

 

5. CAPITALISMO FINANCIERO Y NUEVAS TENDENCIAS

5.1.

Hemos de detenernos un poco en los decisivos años ochenta y comienzos de los noventa del siglo XX, porque fue en ese período cuando se establecieron definitivamente las características del problemas que ahora analizamos, pero que son incomprensibles si no tenemos en cuenta la naturaleza permanente del capitalismo desde sus comienzos históricos. De entrada hay que decir que si el narcocapitalismo no es una excrescencia fortuita del capitalismo sino un paso necesario en su dinámica por mantener la tasa media de beneficios, tasa que tiende a la baja según aumentan una serie de dificultades internas al sistema, si esto es así, mucho menos lo es el paso al narcoimperialismo.

En este sentido y muy en síntesis, lo decisivo del paso del narcocapitalismo al narcoimperialismo radica en las decisiones de los gobiernos estadounidense y británico de comienzos de los años ochenta de recuperar la vieja corriente marginalista pero reconvertida ahora en neoliberal, una corriente que no había desaparecido del todo y que desde comienzos de los cincuenta se había organizado en un selectivo e influyente club de presión política que iba recuperando adeptos en Estados Unidos donde el individualismo utilitarista siempre ha sido ética e ideológicamente dominante, de modo que ya antes de que accediera la administración republicana dirigida por R. Reagan al gobierno, las administraciones demócratas habían dado importantes pasos en esa dirección. Al poco tiempo se le sumó fervientemente el nuevo gobierno conservador de M. Thatcher en Gran Bretaña.

Ahora tenemos que analizar por tanto este circuito completo que empieza en la producción y acaba en los bolsillos y cuentas corrientes del capitalismo. Pero para hacerlo debemos entender primero un conjunto de, como mínimo, seis grandes tendencias nuevas -cada una con sus ramificaciones particulares- desarrolladas básicamente desde comienzos de los años ochenta del siglo XX, porque sin ellas no se hubiera expandido tan rápidamente el problema que tratamos. Antes de seguir, hay que dejar constancia que tales tendencias no son fortuitas ni casuales, ni debidas al azar, sino que responden a proyectos e intereses, a decisiones tomadas primero por Estados Unidos y seguidamente por Gran Bretaña.

Conviene recordar que a finales de los años sesenta y comienzos de los setenta el capitalismo mundial se encontraba en una de sus peores crisis históricas en la que interactuaban cuatro grandes contradicciones como era, una, la crisis económica estructural propiciada por la caída tendencial de la tasa media de beneficios; otra, la crisis de orden sociopolítico causada por la fuerte lucha de clases en el capitalismo desarrollado; además la crisis del imperialismo en su conjunto motivada por las grandes luchas de liberación nacional y social de muchos pueblos empobrecidos, y por último, la crisis de legitimidad dentro del capitalismo en todas sus áreas, desde el poder hegemónico de Estados Unidos hasta el agotamiento de la efectividad de los sistemas keynesianos y taylor-fordistas.

Estas cuatro crisis fundamentales, que adquirían diferentes formas en cada país, generaban una situación insostenible para la burguesía en la que no podemos extendernos ahora, pero sobre todo y fundamentalmente afectaban a lo decisivo: a la propiedad privada capitalista y, secundariamente, a los beneficios cotidianos en su forma desarrollista y convulsamente consumista de las sociedades burgueses occidentales. La contraofensiva denominada neoliberal iba destinada a recomponer el poder capitalista y no sólo asegurar su propiedad sino, de ser posible, aumentarla. No es éste el lugar para analizar cómo se desarrolla desde entonces ese ataque mundial del capital contra el trabajo, sino simplemente sus relaciones con la “economía criminal” y con el proceso que va del narcocapitalismo al narcoimperialismo, aunque todas y cada una de las seis tendencias que vamos a analizar a continuación iban y van dirigidas sobre todo a aumentar la propiedad privada y a multiplicar la forma de vida occidental.

Hagámonos una idea básica de lo que supone y exige esa forma de vida: a comienzos de 2004 un ciudadano yanqui consumía 150 veces más que un nigeriano y la forma de vida occidental gastaba en comida para sus mascotas familiares 17.000 millones de dólares, sólo 2.000 millones menos que los 19.000  millones de dólares dedicados a paliar el hambre en el mundo, mientras que gastaba en cruceros de descanso y turismo 4.000 millones de dólares más que el dedicado a potabilizar agua en los países sedientos. Actualmente, Estados Unidos, con el 5% de la población mundial consume el 25% del crudo del mundo y el 45% de la oferta mundial de combustibles. Por no extendernos demasiado, decir que actualmente el 12% de la población mundial consumimos el 60% de los bienes y servicios del planeta. A comienzos de los años setenta estas injustificables e inhumanas diferencias eran proporcionalmente menores de lo que son ahora. Las seis tendencias desarrolladas desde comienzos de los años ochenta, pero que ya estaban precedidas por medidas anteriores, buscaban precisamente estos dos objetivos, garantizar la propiedad capitalista y aumentar el expolio y saqueo planetario en beneficio de ese 12% de la población y, especialmente, de mucho menos del 1% de la población mundial, la de la alta burguesía, la de esas 300 personas más ricas de la Tierra.

En junio de 2005, la CIOSL (Confederación Internacional de Organizaciones Sindicales Libres) en su campaña contra el hambre en el mundo ha publicado unos datos sobre la pobreza según los cuales 1.200 millones de personas malviven con un dólar o menos al día. 1.000 millones están desempleados, subempleados o pobres, de los que el 60% son mujeres. Las mujeres perciben un salario entre el 30% y el 60% inferior al de los hombres. 860 millones de adultos son analfabetos. 114 millones de niños en edad escolar no acuden a la escuela y 245 millones de niños de 5 a 17 años trabajan. Si integramos estas insoportables cifras en una perspectiva móvil e histórica, las cosas empeoran aún más porque ahora, en 2005, nada menos que 54 países son más pobres que en 1990. O con otros datos, ahora el 1% más rico de la población mundial percibe la misma cantidad de ingresos que el 57% más pobre. El informe de la CIOSL abarca quince años, de 1990 a 2005, precisamente los marcados por el asentamiento definitivo de la contraofensiva capitalista iniciada a comienzos de los años ochenta, años que, como veremos, son decisivos para el tránsito del narcocapitalismo al narcoimperialismo.

5.2.

La primera tendencia consiste en impulsar la financierización del capitalismo, la victoria de la llamada “economía de casino”, para, antes que nada, beneficiar a Estados Unidos y a Gran Bretaña en detrimento de los restantes capitalismos, y sobre todo, en detrimento de las llamadas “potencias emergentes” en Asia y en menor medida en América Latina. Además, el impulso de estos Estados a la financierización provenía también de las grandes corporaciones interesadas en lograr nuevos espacios en los que mover sus capitales improductivos. Recordemos que las 200 empresas más grandes del planeta producen el 26,3% del PIB mundial, lo que nos da una idea aproximada de sus enormes recursos sobrantes deseosos de encontrar alguna rentabilidad. Los capitales que cada vez se  invertían menos en sectores productivos y de servicios tuvieron así la oportunidad de lanzarse a los mercados financieros desregulados, abiertos a sus exigencias, con menos controles que frenaran sus tropelías. Surgieron muchas formas de “juego financiero”, incluidas las de alto riesgo, consistentes en estar muy poco tiempo en un negocio particular para volar a otro, asumiendo peligros pero obteniendo altos beneficios.

Las demás burguesías no tuvieron más remedio que sumarse a este carro victorioso y como consecuencia de la multiplicación exponencial de capitales lanzados a la financierización y simultáneamente, como efecto de la apertura de los Estados a la movilidad del dinero, enseguida empezaron a formarse burbujas financieras que aprovecharon las innovaciones tecnológicas de Internet y la informática para crear la llamada “nueva economía” de los años dorados de las especulaciones financieras sin red protectora en la caída. No hace falta decir que los enormes capitales de petrodólares, pensiones, ahorros, etc., acudieron en masa, y entre ellos también los capitales del “dinero negro”, los cocadólares, los narcodólares, el dinero del tráfico de armas y de todas las mafias que hasta entonces sólo podían moverse en los controlados mercados bursátiles estatales o regionales.

Lógicamente, Estados Unidos no perdieron un segundo de tiempo en utilizar en su beneficio las potencialidades políticas de estas nuevas tendencias deliberadamente impulsadas. De entre las diversas áreas que existen en esta cuestión, ahora solo analizamos la relacionada con el tránsito del narcocapitalismo al narcoimperialismo. Ya hemos visto anteriormente que en la fase imperialista ya estaba existía una base vital para este tránsito, como es la subsunción real de la producción de drogas en la totalidad del proceso completo de valoración del capital, o sea, en el proceso productivo y reproductivo. Pero faltaban otras condiciones necesarias que se desarrollaron precisamente en esta época y que, en el tema que aquí tratamos, tiene un ejemplo impresionante en las relaciones de la financierización y especialmente de la “economía criminal” tanto con la implosión de la URSS y del llamado “bloque socialista” como con la lección de coherencia auténticamente socialista dada por Cuba en la segunda mitad de los años ochenta.

Aunque todavía está por estudiar con detalle el papel de la financierización capitalista durante los ochenta en la profundización de las crisis parciales que formaron la gran crisis sistémica de implosión de la URSS, especialmente en la multiplicación de la deuda financiera internacional del llamado “bloque socialista” con sus efectos destructores internos, así como el papel de las mafias en todo ello, tanto con sus intervenciones proimperialistas y antisoviéticas en todo el planeta como en su penetración corruptora y disolvente en la vida social de estos países y de la URSS, siendo así, empero no se puede negar que la burocracia del PCUS no pudo evitar esos procesos degenerativos. Ciñéndonos a las drogas, la rapidez impresionante con la que nacieron poderosas mafias rusas relacionadas directa o indirectamente con los aparatos del PCUS, indica que ya previamente estaban dadas las bases prácticas sobre las que luego se expandirían tales mafias. Sabemos que la corrupción era ya fuerte en la época de Bresnev, avanzando como un cáncer en la década de los setenta, y la corrupción es el oxígeno no sólo de las mafias y de la “economía criminal” sino también del modo de producción capitalista.

Aquí debemos estudiar el ejemplar comportamiento cubano al respecto ya que, en primer lugar, demuestra la irrompible relación entre la “economía criminal” y los intereses burgueses, en este caso con los estadounidenses; en segundo lugar, por tanto demuestra que todo lo relacionado con las drogas tiene un contenido político explícito y, por último, demuestra de forma inversamente proporcional que la lucha contra las drogas es inseparable de la lucha contra la opresión nacional y social completa. En efecto, ya en la segunda mitad de los ochenta, el Partido Comunista de Cuba era consciente del aumento de la corrupción en su interior y lo dijo pública y sinceramente en 1986 tomando medidas para combatirla. Al poco tiempo quedó confirmado fehacientemente que un número muy reducido - una quincena- de miembros de alguna responsabilidad incluido un general en activo realizaban negocios con las drogas y estaban relacionados con las mafias internacionales. La reacción cubana fue encomiable por cuanto radical y directa condenando a pena de muerte a cuatro de ellos en 1989.

Durante la investigación y durante el juicio quedó demostrada, junto a la responsabilidad objetiva de los acusados, también las directas implicaciones de las mafias y en especial de la cubana “exiliada” en Miami en todo el tema. Naturalmente, Estados Unidos movían los hilos no desde fuera sino desde dentro mismo de las cúpulas de los narcotraficantes. El papel de éstos en la lucha contra el pueblo cubano es muy anterior al triunfo de la revolución a principios de 1959, pues las mafias norteamericanas usaban Cuba como su “isla libre”. La revolución acabó con ese paraíso y en respuesta las mafias estrecharon su alianza estratégica y táctica -capitalista- con todos los sucesivos gobiernos estadounidenses, hasta la actualidad. El tránsito del narcocapitalismo al narcoimperialismo que se inició en los ochenta desató tales fuerzas destructivas e inhumanas que sus efectos reaccionarios, dirigidos por Estados Unidos, contaminaron incluso al PC cubano, y no sólo al PCUS y a otros. Pero el pueblo de Cuba pudo sortearéese y otros ataques del narcoimperialismo debido a su alta solidez de conciencia y a su fuerte unidad nacional.

Hay que decir que una fecha especialmente importante en la definitiva instauración del narcoimperialismo fue la terrible crisis financiera de octubre de 1997, que no era sino la culminación de las inestabilidades precedentes y el inicio de un sálvese quien pueda y por el medio que sea. A partir de ahí, enormes masas de capitales de alto riesgo se precipitaron hacia la “economía criminal”, una de las pocas ramas del capitalismo que garantizaban desde entones altos rendimientos. Ya para entonces, y desde prácticamente el inicio del capitalismo comercial en el norte de Italia, todas las burguesías sabían que en los momentos de dificultades de realización del beneficio, la especulación aparece como una de las tablas salvavidas en medio del temporal. Y 1997 fue más que una crisis cualquiera, fue un ciclón huracanado que barrió todas las certidumbres, reabriendo un período largo de crecientes ansiedades e incertidumbres financieras, en el cual estamos. A finales de abril de 2005, el FMI advirtió de la creciente inestabilidad financiera mundial debido, entre otras razones, al peligroso déficit de Estados Unidos que llegaba ya al 5,7% de su PIB, déficit que sigue creciendo. 

En esta fase larga de riesgo creciente, una de las salidas más rentables es la “economía criminal” y el narcoimperialismo. La ética utilitarista e individualista había recuperado definitivamente su dominio ideológico al amparo de esta atmósfera de tensión e inseguridad en el sistema capitalista. La ideología del “sálvese quien pueda”, del “triunfo del más fuerte”, es decir, el fortalecimiento del darwinismo social y del eurocentrismo a él inherente, adquiere toda su esencia contrarrevolucionaria. Teniendo en cuenta las advertencias que hemos realizado al comienzo de este texto sobre la porosa ambigüedad y densa niebla que rodea por su misma esencia todo lo relacionado con la “economía criminal”, pese a esto, los datos cantan.

Si el informe de la ONU de 1995 decía que la suma de las cantidades manejadas por el narcotráfico, el comercio de armas y la prostitución ascendía a un billón de dólares, en esas mismas fechas otras fuentes más crítica y exhaustivas decían que ascendía a entre un billón y medio y dos billones de dólares porque había que introducir en el baremo todos los restantes negocios necesarios para la realización de los anteriores, como servicios, hoteles, banca, etc. En 1997, otros estudios confirmaban que esas cifras rondaban ya los tres billones de dólares y en 1999 se hablaba ya de que la “economía criminal” suponía el 2% del PIB mundial o el 13% del comercio mundial o el doble de toda la facturación petrolífera. Luego veremos cifras relativas a Estados Unidos. Pues bien, el informa de la ONU de 2004 dado a conocer en Brasilia, sostiene que ahora su cuantía asciende a una cantidad situada entre el 2% y el 5% del PIB mundial. Más adelante veremos cómo el capitalismo, especialmente el estadounidense, lava y limpia, “blanquea” este dinero “negro”, dicho en términos racistas, e integrándolo en el circuito productivo legal.

5.3.

La segunda tendencia consiste en la remilitarización del imperialismo yanqui en su clásica modalidad de siempre, pero también en otra nueva que tendría dos fases: la primera subvencionar con métodos ilegales y corruptos las luchas contrarrevolucionarias realizadas por grupos reaccionarios que contaban con el apoyo de las mafias y de la administración yanqui. Desde el caso “irangate”, en el que con dinero de las drogas se organizó la intervención contra la revolución islámica en Irán, de la que hemos hablado, hasta una larga lista en Nicaragua, Cuba, Afganistán, etc. Pero esta táctica exigía apoyarse en grupos mafiosos internacionales y apoyar a esos grupos mafiosos internacionales que tenían sus propias redes de comercio de drogas y de otras muchas mercancías raras, recursos estratégicos, etc. Las facilidades ofrecidas por el debilitamiento de los controles financieros permitieron que estos grupos criminales empezaran a estructurarse por amplias zonas del planeta. Un ejemplo aplastante al respecto nos lo ofrece la intervención de Estados Unidos contra Afganistán. Antes de 1979 la producción de heroína era testimonial en este país y dedicaba básicamente al uso interno en diversas formas de ritos sociales, místicos, etc. Fue Estados Unidos quién con la ayuda de Pakistán comenzó a impulsar la producción de drogas para financiar la guerra islamista con el ejército ruso en tierras afganas.

En 1984, la CIA preparó a Osama Bin Laden para que aumentase esa producción y los efectivos militares islamistas. Lo que sucedió más tarde todos lo conocemos, que con la victoria de los llamados “talibanes” fue descendiendo la producción pero que volvió a ascender con la “liberación” a manos del ejército imperialista dirigido por Estados Unidos, concluyendo en la situación actual en la que Afganistán produce ni más ni menos que el 87% del opio mundial, y la cantidad de personas y recursos invertidos en su producción suponen el 50% del PIB afgano. Según la ONUDC (Oficina contra la Droga y el Crimen de Naciones Unidas), si en 2003 Afganistán producía 3.600 toneladas de adormidera en las 80.000 hectáreas cultivadas, en 2004 subió a 4.200 toneladas en las 130.000 hectáreas. Según la UNICEF el promedio de vida es de 43 años, sólo el 13% de los 23.897.000 de habitantes tienen acceso a agua potable, el 92% carecen de instalaciones adecuadas de sanidad básica, el 64% son analfabetos, no existen vacunas infantiles y la mortalidad de los recién nacidos es de 170 por cada 1.000. Estas cifras insoportables empeoran drásticamente cuando se analiza la situación de las mujeres afganas. 

Una de las decisiones que más aceleró el tránsito al narcoimperialismo fue el Acta Antidrogas elaborada por R. Reagan en 1986 por la cual se involucraba a las fuerzas armadas yanquis en la llamada “lucha contra la droga”. Aquí apreciamos una absoluta diferencia entre lo que era la legitimación británica de las Guerras del Opio en la segunda mitad del siglo XIX, legitimación claramente ofensiva en el sentido de justificar las invasiones en base a la “libertad de mercado”, y la legitimación defensiva del imperialismo norteamericano a finales del siglo XX al decir que interviene “contra la droga”. Sabemos todos que se trata de una vil y vulgar excusa propagandística destinada a ocultar los verdaderos intereses criminales, pero la diferencia estriba en que a finales del siglo XX el imperialismo yanqui debía afrontar resistencias, rechazos y condenas mundiales mucho mayore